¿Qué me dice hoy la memoria colgada de los balcones de Toro ante la Semana Santa?
Reposteros de las cofradías de Semana Santa en el Ayuntamiento de Toro
Mi abuelita María parecía una encina. Pequeña, fuerte, resistente como esos árboles que saben permanecer en pie aunque soplen los vientos más duros. Su tez muy blanca y su corazón sonaban como un río que cantaba por los pasillos de su casa en Santa Marina. Siempre vestida de oscuro, pero su presencia traía una luz especial a la casa. Caminaba casi de puntillas por la vida. El alba la sorprendía muchas veces en la iglesia de los Escolapios o de los Mercedarios, en la primera misa del día, aunque fuera la única persona en el templo.
Su casa estaba siempre abierta.
Allí, en aquel balcón de Santa Marina, se cuelga todavía hoy mi memoria de la Semana Santa de Toro. Y ahora que los años se han ido acumulando como vendimias en la memoria, vuelvo a esa ciudad querida desde dos atalayas: la atalaya de los muchos años vividos y la atalaya de la distancia física desde la que uno contempla con más hondura lo que ama.
No en vano Miguel de Unamuno llamó a Toro “erguido en atalaya del Duero”. La expresión parece escrita para esta ciudad levantada sobre el río, vigilando el valle como quien guarda la historia. Desde esa altura Toro ha visto pasar el tiempo —incluso el doloroso incendio que destruyó antiguos pasos de su Semana Santa— entre sequedades o inundaciones, dificultades o esperanzas. Y cada primavera vuelve a repetirse el mismo milagro: la Semana Santa baja a las calles y convierte la piedra en memoria.
Todo comenzaba para nosotros con el Domingo de Ramos. Era el día luminoso de la infancia. Estrenábamos algo —aunque solo fueran unos calcetines— y llevábamos palmas en las manos, aunque fuera apenas un pequeño trozo. Las calles respiraban una alegría que todavía no sabíamos explicar.
A partir del Miércoles Santo empezaba la peregrinación familiar hacia el balcón de la abuela. Mis hermanos, mis primos —y luego mis sobrinos— cruzábamos la plaza de Santa Marina, esa plaza donde las golondrinas parecen cantar cuando el invierno se retira lentamente. Allí nos apretábamos para ver pasar los pasos.
Desde ese balcón contemplábamos el Ecce Homo. La melena de pelo natural se movía ligeramente con el viento de la tarde. A los niños nos producía un estremecimiento extraño. Parecía que aquella figura iba a mirarnos en cualquier momento.
También el paso de la Flagelación, obra de Antonio Tomé. El cuerpo de Cristo atado a la columna, los verdugos levantando los látigos. A veces creíamos escuchar el golpe.
Y luego los tambores, siempre los tambores acercándose por las calles. Traían su cadencia grave, como un latido que subía lentamente por las calles de Toro.
Los imitábamos de niños como una onomatopeya :
Tun, tunel… para un cuartel…
Mientras los palillos de los nazarenos golpeaban la badana y el aro de la caja del tambor, dejando en el aire ese redoble antiguo. Era como si la ciudad tuviera un corazón escondido bajo la piedra. Lo oíamos de lejos y nos avisaba de que la procesión estaba cerca. Entonces corríamos hacia los balcones, que como la memoria de ahora, quedaban pequeños para vivir el acontecimiento.
Pero si hay una imagen que quedó grabada para siempre en mi memoria es el Cristo de la Expiración. Desde el balcón podía verse un detalle que apenas se percibe desde la calle. Me lo enseñó la sensibilidad artística de mi hermano: la leve marca amoratada en su hombro, señal del peso de la cruz que había cargado antes de ser clavado en ella.
—Los colores cambian según la hora del día —me dijo una vez mientras recogía los campos de Toro en su retina y en su pincel.
Y comprendí que la Semana Santa de Toro está hecha también de luces distintas: la luz del alba del Viernes Santo, la claridad de la mañana, el resplandor del mediodía, la penumbra del atardecer y la noche iluminada por la cera.
Como escribió el gran poeta zamorano Claudio Rodríguez:
“Siempre la claridad viene del cielo;
Esa claridad envuelve muchas veces las procesiones de Toro y las convierte en una especie de liturgia de piedra, silencio y emoción.
Y cuando el paso de la cruz avanza por las calles parece cumplirse aquel verso dramático de otro zamorano, León Felipe:
“Los pasos en abrazo hacia la tierra,
el mástil disparándose a los cielos.”
Pero la vida me ha permitido conocer también otras Semanas Santas.
Una de las más impresionantes la viví en Jerusalén. Allí tuve que presidir la Misa de Pascua para peregrinos españoles. Antes de llegar al Santo Sepulcro caminamos por la Vía Dolorosa, escoltados por soldados armados, siguiendo los pasos de Jesús por las estrechas calles de la ciudad vieja.
Aquella procesión no era solo memoria.
Mientras caminaba pensaba en los muchos caminos de dolor que recorren los pueblos del mundo. Y hoy pienso también en las guerras que siguen desgarrando Tierra Santa y Oriente Medio. Pienso en Gaza, donde tantas madres abrazan a sus hijos muertos como nuevas Piedades de la historia.
También recuerdo otras Semanas Santas mucho más pequeñas y silenciosas. En algunos pueblos casi olvidados de La Cabrera leonesa. Pueblos hermosos, escondidos entre montañas, pero empobrecidos por la emigración. Recuerdo celebrar la liturgia en una iglesia donde apenas quedaban dos familias en todo el pueblo.
No había grandes procesiones ni pasos monumentales.
Solo el silencio de la montaña, la fe sencilla de la gente y la conciencia de que aquellos pueblos se habían ido vaciando porque muchos jóvenes tuvieron que marcharse en busca de trabajo y de futuro. Pero que seguían abriendo el templo, casa del Pueblo de Dios . También allí la Semana Santa tenía una profundidad conmovedora.
He vivido también Pascuas vibrantes, especialmente en Salamanca, donde cientos de jóvenes celebran la resurrección con una alegría contagiosa. Allí la fe se vuelve canto, encuentro y abrazo entre generaciones. Un Milagro . También recuerdo las entrañables celebraciones de Logroño ante una Virgen que no se apropia del Niño, sino que parece ofrecerlo siempre con los brazos abiertos.
Todas esas experiencias me han enseñado algo: la Semana Santa tiene muchos rostros.
Pero cuando llegan estos días mi memoria vuelve siempre a Toro, a esa ciudad que es balcón del Duero, como una vieja vigía de Castilla.
Desde otro balcón , el de mis tíos en la Plaza Mayor, junto a la calle de nombre arcano, - Trasalfóndiga— aprendimos a contemplar el paso de la Piedad, entrando en el Sepulcro , con el gesto más profundamente humano que puede imaginarse: una madre sosteniendo en su regazo el cuerpo muerto de su hijo.
Hoy ese gesto tiene demasiados nombres.
Los de las madres de Gaza.
Los de tantas madres que lloran en guerras olvidadas.
Los de quienes abrazan a sus hijos víctimas de la violencia o de la injusticia.
O las de los brazos vacíos porque sus hijos marcharon muy lejos como he vivido entre las lágrimas de los migrantes
Por eso sigo creyendo que la Semana Santa no es solo tradición ni espectáculo.
Es también memoria viva del sufrimiento humano.
Y quizás por eso, cuando pienso en aquellos balcones de mi infancia, comprendo que no solo aprendimos allí a contemplar procesiones.
Aprendimos algo más importante.
Aprendimos a mirar el dolor del mundo sin apartar los ojos. Así Toro se hace cercano a Jerusalén, a Gaza o a Irán.
Y aprendimos—retirando a los Pilatos y flageladores de hoy - también a intentar, como la Piedad antes de entrar en la iglesia del Sepulcro, abrazar al mundo con compasión.
