Réquiem de oficina
Laguna de Sotillo. / Archivo
Hay unas flores que crecen junto al camino, entre las rocas que levantan los muros irregulares que enclaustran las calles de mi pueblo. Sus tallos alcanzan los dos palmos y, en toda su longitud, albergan unas campanitas ovaladas de un color púrpura que se difumina hasta el blanco en su raíz. Mi abuela las llamaba "restralletes". Arrancaba una de estas campanitas y tapaba con pulgar e índice el capullo, dejando el aire en el interior. Después, colocaba su otra mano en paralelo y —¡Plaf!— estrellaba contra su palma la flor, provocando así un inocente petardo. El enésimo truco para forzar la risa de su nieto, que le seguía allá donde iba.
He intentado replicar muchas veces ese pequeño juego, también darle una explicación al nombre de la flor, conocida en otros sitios como dedalera o santibaña —Digitalis purpurea. Ambas en vano. Recuerdo, sin embargo, las........
