Nadie se construye solo
Zamora. VI Premios Talento / Archivo
Durante demasiado tiempo nos han vendido el talento como si fuera una condición mágica.
Una gracia divina que cae sobre unos pocos elegidos. Una coartada perfecta: lo tienes o no lo tienes, y a partir de ahí todo queda decidido. Es una forma elegante de simplificar la vida: si triunfas, era inevitable; si fracasas, también. Así nadie tiene que hacerse preguntas incómodas.
Pero la realidad es bastante más fastidiosa. Mucho más.
Durante algunos años, El indomable Will Hunting se convirtió en mi película favorita. Recuerdo la primera vez que la vi. Salí del cine con la sensación de haber entendido algo que rara vez se explica bien: el talento, por sí solo, no sirve de nada. El ingenio sin oficio es humo. Y el oficio sin dignidad, simple servidumbre.
Will es un joven huérfano que creció en un barrio obrero del sur de Boston, marcado por el maltrato constante durante su infancia. De aquel entorno aprendió pronto dos reglas: la primera, que la única manera de no perder es no pedir; la segunda, no dar tregua jamás.
Porque ceder implica bajar la guardia, y bajar la guardia significa exponerse, arriesgarse a la derrota y salir herido. Dos leyes que sirven para sobrevivir, pero inútiles cuando se trata de vivir de verdad.
Una historia que retrata la lealtad de cuatro amigos que se levantan a las seis de la mañana para cargar viguetas y mezclar cemento, solo para llegar a fin de mes. No entienden ni una sola de las ecuaciones imposibles que Will resuelve con una facilidad pasmosa, como quien hace un crucigrama un domingo por la mañana, en la pizarra de esa universidad de prestigio donde él friega los suelos. Posee una memoria prodigiosa, capaz de retener multitud de datos sin el menor esfuerzo aparente. Y, sin embargo, cada día le guardan el sitio en el coche de camino al trabajo, le cubren la espalda cuando hace falta y no hacen preguntas. Porque hay formas de inteligencia que no se mide en las pizarras, y formas de lealtad que no necesitan explicarse.
Hace falta algo más difícil de encontrar: dignidad. La capacidad de no traicionarse por el camino. De no vender lo que uno hace al mejor postor ni rebajarlo para encajar. Sin eso, el talento se convierte en herramienta de otros. Y el trabajo, en una condena.
Hace falta algo más difícil de encontrar: dignidad. La capacidad de no traicionarse por el camino. De no vender lo que uno hace al mejor postor ni rebajarlo para encajar. Sin eso, el talento se convierte en herramienta de otros. Y el trabajo, en una condena.
La película – dirigida por Gus Van Sant– no cae en la trampa del esfuerzo individual como relato heroico. Y en ello reside su grandeza. Robin Williams interpreta a un psicólogo cansado de la vida que, sentado en un banco de un parque, le da una lección a Will que va más allá de los libros: de nada sirve saberlo todo si no tienes el valor de vivirlo.
El talento no elige familia ni contexto; a cualquiera le puede tocar en suerte incluyendo los entornos poco amables, lejos de la estabilidad, donde lo normal es sobrevivir y no destacar. Y, aun dándose en las mejores condiciones posibles, para florecer se necesita algo más que circunstancias favorables: precisa que alguien te arranque las excusas; que te haga preguntas incómodas, como, por ejemplo, a qué huele la Capilla Sixtina. A veces hace falta un amigo, de esos que no salen en los libros, capaz de decirte a la cara que tienes un boleto de lotería ganador, pero que te faltan pelotas para ir a cobrarlo.
Tener facilidad para desempeñar algo no implica saber qué hacer con ello. Ni tener el valor de sostenerlo. Ni, mucho menos, convertirlo en una vida.
Ahí es donde entra el oficio. Esa palabra poco vistosa que no sale en las películas ni en los discursos motivacionales. El oficio es repetición, disciplina y resistencia. Es levantarse cuando no hay ganas y seguir cuando ya no hay aplausos. Es lo que convierte una posibilidad en algo real.
Y aun así, a veces, no basta.
Hace falta algo más difícil de encontrar: dignidad. La capacidad de no traicionarse por el camino. De no vender lo que uno hace al mejor postor ni rebajarlo para encajar. Sin eso, el talento se convierte en herramienta de otros. Y el trabajo, en una condena.
Porque al final no se trata de tener talento. Se trata de saber qué hacer cuando lo tienes. Y, sobre todo, de tener el coraje suficiente para no esconderte detrás de él.
Una vez escuché que listo es el que se va a tiempo. Más listo, el que sabe a dónde. Pero el más listo de todos es el que se atreve a irse sin saber qué pasará, porque confía en lo que lleva dentro.
Y quizá de eso va todo esto. No del talento, ni siquiera del oficio. Sino de dar el paso cuando toca. Aunque no haya garantías. Aunque no haya certezas.
Porque hay momentos en los que quedarse también es una forma de perder.
Vicepresidenta tercera de la Diputación de Zamora
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