Lo que nos cuesta rectificar cuando metemos la pata
Error. / Shutterstock
Todos metemos la pata de vez en cuando. Y quizás más veces "en cuando", que "en vez". Pero nos cuesta mucho admitirlo. Le damos vueltas y más vueltas al error cometido al objeto de tratar de justificarlo, soliendo hacer caso omiso al viejo refrán que dice que "Rectificar es cosa de sabios". Puede que actuemos así porque sabemos de antemano que, rectifiquemos o no, no vamos a alcanzar nunca la categoría de sabios.
Pero cuando la metedura de pata llega a trascender a muchas personas, por haberse producido en un medio de difusión, resulta más obligado dar marcha atrás y llegar a admitirlo; aunque nada más sea por aquello de no "engañar" a los oyentes y televidentes. Porque, a fin de cuentas, el que más y el que menos es observador o espectador de las hazañas y desventuras que los medios divulgan.
Existe un programa en una cadena radiofónica que recoje algunas de las "meteduras de pata" que se producen cada semana. Por el momento, conserva un estilo que no solo resulta sano e higiénico, sino también divertido, incluso para aquellos o aquellas que han llegado a ser protagonistas de los gazapos.
Pero en esta ocasión no pretendo referirme a los simples errores, gazapos, o lapsus, sino a determinados fallos de conceptos básicos que todos deberíamos tener claros, pero que, desafortunadamente, vienen siendo reiterados con demasiada frecuencia.
Uno de ellos, quizás el más repetido, es ese en el que, para tratar de expresar que algo ha cambiado radicalmente, se llega a decir que "ha cambiado trescientos sesenta grados". Pero el caso es que cuando un torero da una vuelta completa al ruedo, lo que hace es volver al punto de partida, ya sea o no el burladero. O cuando tras traspasar el portal de nuestra casa damos una vuelta a la manzana, resulta que volvemos a encontrarnos otra vez en la misma puerta. Pues, si eso lo tenemos tan claro ¿por qué no decimos que, lo que sea, ha cambiado justo hasta la mitad de la circunferencia, es decir, ciento ochenta grados?
Lo peor de estos casos es cuando alguien le hace ver su error, el autor del gazapo contesta diciendo que él "es de letras". Como si esa formación académica invalidara poder tener conocimientos básicos "de ciencias", o simplemente tener sentido común. Tratar de enmendar la plana con una simpleza como esa, es como si alguien "de ciencias" llegara a no distinguir el "ser" del "estar" por el mero hecho de que los ingleses se apañan con una sola palabra, como es el verbo "to be".
No se trata de conocer la Teoría de la Relatividad en un caso, ni los Pensamientos de Pascal en la otra, sino de cosas elementales. Lo contrario no ayuda a hacer ver que vivimos en un país donde el grado de alfabetismo alcanza, prácticamente, al cien por cien de la población, y la enseñanza es obligatoria hasta los dieciséis años.
Pero, el caso es que nos cuesta rectificar cualquier disparate que podamos decir, ya se produzca en serie, como aquella ristra que nos regaló el presidente Rajoy en forma de "gracietas", o por otros personajes, como aquel que decía que todos los coches que circulaban por la autovía se desplazaban en dirección contraria a la prescrita, por la sencilla razón de que él, con dos copas de más, circulaba por dirección prohibida.
Pues eso, que me encontraba elucubrando sobre esta costumbre que tenemos de no admitir nuestros errores, cuando acerté a escuchar la última pifia del día. Fue en una emisión deportiva. El conductor del programa informaba de que el número de partidos que había ganado determinado equipo de fútbol era el sesenta por ciento del total en los que había participado. Pero, pretendiendo subrayar tal dato, añadió que "o sea, uno de cada seis partidos". Fue, en ese momento, cuando llegué a comprender por qué Séneca llegó a despedirse del mundo abriéndose las venas.
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