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Las viejas columnas del sentido

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28.03.2026

Las viejas columnas del sentido / L.O.

Hubo un tiempo en que el mundo no necesitaba explicarse a sí mismo porque todo era duradero, casi inmarcesible, y tenía un sentido que no estaba cuestionado ni escrito ni defendido por ninguna teoría, pero que todos creían o parecían comprender. Aquel sentido estaba hecho de gestos unánimes, de costumbres y ritos, de símbolos y de fidelidades. No era una teoría, era solo una forma asumida de cumplir con el rol de la supervivencia.

Desde que el mundo es mundo, los seres humanos se despertaban cada día sabiendo más o menos para qué estaban vivos, incluso para quién vivían o para quién amaban y para quién tenían hijos y hacían el amor. Ese saber procedía de ciertas creencias silenciosas y obstinadas que daban a la vida una estructura invisible. Cosas humildes y firmes que sostenían la experiencia entera de estar vivo.

Los primeros territorios

La familia, era una de ellas, el primer territorio, la primera frontera antes de que existieran los países. El lugar exacto en que había una mesa en la que alguien partía el pan y ponía la loza para los demás. Y sobre todo era el marco adecuado para la continuidad misteriosa de la sangre.

El trabajo, entendido como destino, era otra. Un hombre sabía muy bien quién era por lo que hacía con sus manos, se reconocía en ello. El trabajo era una manera de habitar el mundo y de justificarse ante él.

La religión, el gran constructo por donde se consolaba el espíritu, el alma y el aliento de los pobres. La religión no sólo ofrecía respuestas, sino también preguntas que valían la pena. El cielo, la misericordia, el Paraíso, la resurrección, y el pecado, daban una moral al tiempo humano. Las iglesias no eran solo edificios hermosos, muy hermosos, eran también el lugar donde depositar la gratitud, la culpa, la esperanza, el arrepentimiento, el miedo.

Y luego estaba la comunidad, ese tejido invisible que hacía que la vida no fuera un asunto ajeno. Nadie vivía completamente solo. Las calles, las plazas, los mercados, los velatorios, las pilas funerarias, las fiestas de guardar, todo eso recordaba a cada ser humano que su vida estaba entrelazada con la de los otros, que todo tenía sentido porque era compartido y celebrado.

Y la naturaleza que imponía un orden anterior al hombre. Creaba las estaciones, la luz del invierno, el calor de los veranos, la llegada de la lluvia o la nieve, el lento crecimiento del trigo. La naturaleza engendró la paciencia, el límite, la dependencia. Nadie era dueño del destino del hombre mientras el cielo decidiera las cosechas.

Y la memoria, que convirtió el pasado en una forma de orientación, de mapa. Los pueblos recordaban guerras, sequías, inundaciones, derrotas, nacimientos. Incluso recordaban a los muertos. Y ese recuerdo no era solo nostalgia, era su brújula. Era como el mito de esas aves que vuelan mirando siempre hacia atrás para no olvidar nunca el lugar de donde vienen.

La belleza, la muerte...

Y la belleza, siempre la belleza, ese misterio cárdeno que solo está en los ojos y en los corazones de los hombres y que aparece incluso en las vidas más tristes y más duras. Una canción, una talla de madera, unos labios preciosos, un bordado en la ropa... La belleza hacía que la vida no fuese solo supervivencia, también usufructo.

Y el amor, que ha sido siempre el corazón secreto de la existencia, el alimento místico, la gran justificación de estar vivos.

Y la muerte, que ha ordenado siempre todo lo demás. Que ha hecho tan valioso ese instante entre dos oscuridades absolutas que ha sido la vida.

La muerte daba gravedad y valor a las horas. Saber que todo terminaría, hacía que cada gesto tuviera una intensidad especial. La muerte no le ha quitado nunca sentido al mundo, sino que se lo ha dado.

Y luego está el misterio. No saber del todo para qué hemos venido, quién nos ha llamado ni para qué es todo esto que ocurre cada día. La inmensa pregunta de Leibniz: ¿Por qué hay entes y no más bien nada, y no más bien nada, y no más bien nada? O esa otra pregunta que late en el fondo de muchísimos poemas: ¿Por qué a veces el corazón se llena de gratitud y de alegría sin motivo, una tarde cualquiera?

Durante siglos la humanidad aceptó que había un ámbito de la realidad que no podía explicarse y en esa zona oscura y sagrada, habitaba y latía el sentido de todo.

Hoy en día, el conjunto de todas esas cosas se ha debilitado. La familia se ha vuelto frágil, complicada. El trabajo es incierto, provisional, con salarios a veces insuficientes para levantar una vida. La religión se ha convertido en liturgia. La memoria es ya superficial, superflua, está incluso mal vista. Y la naturaleza se ha convertido casi en paisaje para selfies. Pero esas antiguas columnas del sentido, aunque parezcan cubiertas de polvo, siguen en pie y seguirán sosteniendo todos los futuros. ¡Que así sea!

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