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La densidad preciosa de todo lo vivido

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07.03.2026

Plaster head model (mass produced replica of Head of Aphrodite of Knidos) with butterflies on her eyes

Nada pasó de puntillas. Todo quiso quedarse. Durar más de una vida. Apretar bien las manos. Todo duró en caer como una casa tarda en romperse por dentro mientas su fachada parece intacta. Todo ha sido tan denso en estos últimos veinticinco años que han durado casi lo que dura un siglo entero. Nada avanzó como hubiésemos querido, pero todo ocurrió y se sedimentó. Todo dejó su poso en las gargantas. Todo se volvió definitivo. Las cosas ocurrieron como sucede el musgo en una tapia antigua, sin prisa, pero para siempre. Y aprendimos a escuchar el vértigo del mundo. Ese susurro ultrasónico que no sale en los telediarios y decide el rumbo de las vidas. Ese ruido tan parecido a una cocina a las ocho de la mañana de un miércoles cualquiera. Como decía Gloria Fuertes: Hay que tener a veces mucho valor para seguir viviendo un miércoles cualquiera, un miércoles cualquiera.

Estos últimos años han sido la época en que demasiadas personas hemos descubierto que ya no queremos ganar ni cambiar nada, sino perder bien. Perder la urgencia. Perder el miedo. Cambiar las versiones antiguas que siguen ocupando un poco nuestras cabezas como si fuesen muebles heredados. Perder bien y empezar a hablar con una claridad incómoda. Sí, yo creo que todos soñamos con ponernos un día a hablar así, a decir la verdad como si todo lo anterior hubiese sido solo una inmensa impostura.

Cuando yo aún era joven, un anciano me dijo que solo quería dos cosas: Ver bien colocados a sus nueve nietos y una buena muerte para él. Entonces no lo comprendí, me pareció triste y radical, pero he comenzado a entenderlo. Sí, quienes ya tenemos una edad, sobre todo aspiramos a aprender a perder sin daño ciertas cosas. A perder esa necesidad de explicarnos constantemente como si la vida fuera un examen oral que no se acaba nunca. Perder ese rencor que no necesita del perdón explícito. Perder la expectativa de ser comprendidos del todo. Perder el deseo de gustar. Perder el pánico a quedarnos solos porque aún no sabemos estar sentados tranquilos con nosotros mismos. Perder la nostalgia sin traicionar los recuerdos. Perder la rabia contra el tiempo y el mundo y las iridiscencias. Perder la fe en un final perfecto. Perder la vergüenza de llorar por las cosas pequeñas. Incluso perder el hábito de postergar la ternura o asumir la costumbre de no ser necesarios.

Nuestros últimos años de vida han sido muy intensos y muy llenos de algo. Y también han sido una época poco humilde, un tiempo de insomnio, de dolor en las rodillas, de fatiga moral. De volver andando a casa sin tomar nunca un taxi.

Nadie dejó de mirar el teléfono

Nadie dejó de mirar el teléfono. Nadie soltó el hilo y confió en que la cometa que manejábamos no se estrellaría “contra los vidrios de la felicidad”, como diría Umbral. Ha sido una época de entretenimiento masivo, unos años de habitaciones interiores y de puertas cerradas por dentro y de ventanas que dan a un tragaluz, de ventanas pequeñas por donde entró una luz rara y suficiente. No era la luz de la dicha perfecta, era más bien la luz de comprender tarde. Y pasaron cosas sin liturgia. Conversaciones triviales que casi nunca contenían nuestro mapa del alma.

La utopía se cansó de nosotros y se sentó en un banco de la calle a fumar en silencio mientras que asumíamos que el tiempo no es una línea recta sino un charco en medio del asfalto. Y a veces avanzábamos y otras nos quedábamos quietos. Y el pasado nos observaba. Y el futuro no sabía esperar. Ha sido también una época surrealista. Las palabras comenzaron a perder peso y las ausencias a ocupar más espacio que las presencias. Y muchas personas dejaron de estar sin irse y eso bastó para explicarlo todo.

Y ahora, al mirar hacia atrás, se parece una estepa. Parece un siglo que galopó a lomos de un caballo color hígado. Un doceavo de algo. Un ovillo de relámpagos. Una compresión tectónica de la Historia del mundo. La Gran Mutación que aún no sabemos explicar. La derrota del Gran Vivir del Día de Mañana. El extraño momento en que el silicio aprendió a soñar con la nieve y las máquinas, frías y complejas, comenzaron a susurrar oráculos. La fatiga dulce del metal. La búsqueda del latido. La época en la que sucedieron cosas que antes necesitaban casi un milenio de maduración. El Gran Aullido Digital. La danza de los derviches giróvagos eternos que solo los santos y los locos decían ver y escuchar. El Triunfo que no fue de lo Humilde y Minúsculo. La época en la que nada se volvió sagrado. El final de los bosques, aunque las raíces de los árboles comenzaran a crecer con una urgencia profética. Han sido años densos, que no se dejan resumir muy bien en fechas ni en hechos, porque lo vivido ocurrió como una cal que nos ha endurecido el corazón volviéndolo más frágil, ¡más frágil!

Hemos vivido mucho sin que se notara. Hubo amor y pasillos estrechos donde la luz entraba mal. Y aprendimos a desconfiar de la felicidad ruidosa. Cumplimos con estar y hubo tantas tardes que no prometían nada. Y si me preguntaseis: «¿Qué hiciste tú?», respondería eso de: «Yo hice lo que hicimos todos: Estar. Resistir con dignidad los días prosaicos y aun así la vida siguió siendo la vida».

Y nos volvimos más atentos al temblor. Más compasivos. Y en esos años aprendimos que no todo se resuelve y que existen preguntas que se convierten en heridas que ni duelen ni cierran ni se curan con los polvos de Azol. Y no sabría decir si todos estos años últimos nos volvieron más humanos o más lánguidos o más deteriorados, si nos hicieron mejor en un sentido heroico, más sabios, más conscientes. Y luego está el beso del Progreso, la asfixia conceptual, el aire aquel enfermo que respiramos con las mascarillas. Toda una geografía surrealista. La realidad como un reloj de Dalí colgado de un perchero. Y todos esos viejos dioses que hemos ido enterrando sin hambre de trascendencia… La densidad preciosa de todo lo vivido.

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