¿Y si después es nunca?
Los bañistas disfrutan paseando por la orilla o relajandose al sol. / www.olivaturismo.com
La mayoría de las veces que postergamos algo, que dejamos para después lo que podemos hacer hoy, tiramos un borrón de tinta china sobre nuestras propias existencias, porque casi siempre solemos comportamos como esos nómadas que buscan los ángulos perfectos de la tranquilidad en la canción de Franco Battiato. Siempre estamos levantando pirámides de intenciones y deseos sobre las arenas movedizas de la demora y el futuro, por eso nos gustan tanto las vísperas, cuando llegan las vísperas.
A través de los tiempos hemos tenido una fe enorme en las agendas, hasta el punto de que vivimos como si el Tiempo fuera un río domesticado que podemos cruzar tranquilamente mojándonos solo las rodillas y no lo es, no lo es, no lo es. El agua de ese río nos cubre y a veces va muy rápida, muy rápida, y nos lleva con ella a los deltas inmensos de la Nada. Por eso hay que nadar, aunque sea ‘a lo perro’, como cuando éramos críos y nos metíamos a las balsas, nadar y correr cada día. Estamos obligados a correr como la gacela corre para huir del león y el león también corre para cazar a la gacela.
Vive, pijo, que te vas a morir
La vida no debería parecerse a embotellar los deseos en frascos etiquetados: ‘Mañana’, ‘otro día’, ‘el próximo verano’, ‘cuando desaparezcan los problemas’, ‘con los años comprenderás entonces’, sino parecerse más a esta pintada vitalista que yo vi una vez en la fachada de la Facultad de Filosofía y Letras: «Vive, pijo, que te vas a morir».
Apenas somos conscientes de que el........
