Ojalá que los cucuruchos no te impidan ver la guerra
Imagen de archivo de la procesión de 'Los coloraos' del Miércoles Santo, en Murcia. / Juan Carlos Caval
España se viste de nazarenos con sus túnicas azules, blancas, rojas, verdes, moradas, blancas y negras. Los ‘cucuruchos’ se erigen sobre las cabezas de cientos de miles de penitentes; en la inmensa mayoría de ellos, solo dos simples agujeros son la pasarela que les une a millones de personas que viven con entusiasmo, pasión e incluso fe su paso frente a ellos y ellas, y que ven desfilar a tallas que representan una parte fundamental de nuestra propia historia.
Pero, mientras nos ofrecen caramelos, huevos, piruletas, bombones y emociones a su paso por las calles, plazas y barrios de España, al mismo tiempo que miles de niños y niñas abren los ojos de par en par, ante este gran espectáculo que supone una procesión, sería bueno que estos días de fiesta, memoria, historia, cultura y recuerdos, no nos olvidemos lo que está ocurriendo a apenas tres horas de avión de nuestro país.
Ojalá que esas manifestaciones que el pasado sábado —más de tres mil— hicieron retumbar el ‘No Kings’ por las principales ciudades norteamericanas, se extiendan como una mancha de aceite por todo el mundo.
Ojalá que cuando veamos pasar a los Salzillos en Murcia; cuando en Sevilla sus pasos del Gran Poder, la Macarena o la Esperanza de Triana —o Málaga con su Cautivo (El Señor de Málaga)— y sus tronos arranquen llantos de sus más devotos; cuando el próximo martes a las doce de la noche los tambores saquen de sus gargantas sus redobles en la Plaza del Ayuntamiento de Mula y la piel se te erice; cuando en Toledo la solemnidad inunde la Plaza de Zocodover; cuando los desfiles Bíblico–Pasionales de Lorca exploten las gradas con sus Vivas a las Vírgenes de la Amargura o de Los Dolores; cuando en Cartagena se encuentren los pasos de Nuestro Padre Jesús Nazareno, la Santísima Virgen Dolorosa, San Juan Evangelista y la Verónica; cuando todo esto ocurra, sería un detalle que dedicáramos unos segundos a esos niños y niñas que siguen muriendo en Oriente Medio: unos por bombas, otros por balas, muchos por hambre y miseria, pero todos por culpa de unos genocidas que siguen jugando a la guerra para conseguir más tierras y más petróleo.
Ojalá que nuestros cucuruchos no nos impidan ver la realidad de lo que está ocurriendo; que las saetas lleguen hasta esos pequeños que ya no tienen colegios ni hospitales donde estudiar, jugar o curarse; que los poetas se junten en nombre de la paz y que la música sea lo único que se escuche en las noches de Líbano, Gaza, Cisjordania, Irán, Israel y todos los países de Oriente.
Ojalá que la Semana Santa y sus procesiones no nos impidan ver el bosque.
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