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Todo pasa y todo queda

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20.04.2026

Final de Copa: Atlético de Madrid - Real Sociedad, en imágenes. / José Manuel Vidal / EFE

Construimos nuestra vida entre logros, sueños y caídas para enmendarnos cada poco tiempo. Siempre hay algo nuevo que hacer porque vivimos de atrás hacia adelante. Así que nada es permanente. Por eso hablaba Machado de caminos en la mar.

El rostro de Simeone al acabar la final de Copa del sábado en la Cartuja rezumada frustración. Una vez más, su Atleti relamía el sabor amargo de la retama, que escribió nuestro Castillo Puche, don José Luis, en una de sus novelas para titularlas. El ilustre yeclano de madura melena trasera al viento y madrileño de adopción debía ser colchonero. Nunca me lo confesó, en aquellas veladas nocturnas en su casa de la Ciudad de los Periodistas, pero sus personajes cultivaban pupas de humanísimos fracasos.

Decíamos el otro día que los dirigentes atléticos, más allá de los actuales, que también, perseguían metas infructuosamente porque teniéndolas al alcance de la mano se despistaban en los momentos cruciales, salvo raras excepciones. Y el pasado sábado volvieron a las andadas. Concretando, regalaron media parte para no variar. Y en esos cuarenta y cinco minutos perdieron otra final para gozo de los donostiarras de la Real Sociedad. Porque el golazo del atlético Julián Álvarez en la segunda mitad y la heroicidad del portero suplente realista Marrero en la tanda de penaltis fueron el colofón anecdótico de un partido tan intenso como incierto.

Una muesca más en la culata frustrante colchonera para unir a la lejanísima de la final europea frente al Bayern de Beckenbauer, en 1974, donde el protagonista positivo fue Luis Aragonés con su golazo de falta y el negativo Miguel Reina por el churro que encajó. A las que habría que sumar la fatídica tanda de penalti frente al Madrid en Milán, en la final de Champions de 2016, o la más reciente eliminatoria europea con el supuesto doble toque de Julián Álvarez en otro penalti lacerante.

El Atlético de Madrid es irregular en liga, siendo benévolos —algunos dirían vergonzoso—, constante en copa, hasta su enésima final chapucera, y brillante en Europa para alcanzar la semifinal en Champions frente al Arsenal de Arteta y los Raya, Zubimendi o Merino, líderes de la Premier. Y aunque a algunos le choque, lo veo como favorito.

Si es fiel a su currículo, hará la hazaña en semis y, sin embargo, auguro lutos en la que sería su cuarta final de Champions contra uno de los dos trasatlánticos europeos, el verdugo del Madrid Bayern o el PSG de Luis Enrique.

Y como todo pasa y todo queda, el entristecido Barça validará pronto su segunda liga consecutiva con Flick y seguirán soñando un año más con el deseado entorchado europeo. Desde 2015 no ganan una Champions, cuando lo lograron frente a la Juventus de Turín, en la temporada del triplete con Luis Enrique, Messi liderando en el césped y Bartomeu en el palco.

Quizá en ese precedente radique la destemplada y esperpéntica reacción de Laporta tras la eliminación en cuartos ante el Atlético de Madrid, hablando de robos y escándalos arbitrales por las polémicas jugadas que se pitaron y no se pitaron en la ida y vuelta jugadas. Su portentosa vanidad no entiende que aquel pudiera lograrla hace once años y él haya fracasado dos años seguidos con un equipo de juego tan esperanzador como su Barça.

Pero, reiteramos, mientras Flick no logre cerrar bien atrás a su equipo no reinarán en Europa y, para su condena, él tampoco engrosará el altar de leyendas blaugranas.

Mientras, a Florentino Pérez debe salirle humo de tanto estrujarse el cerebro para enderezar el carro madridista. Y no lo tiene fácil. Debe empezar por el banquillo y ahí tiene su principal escollo. Los escasos técnicos con lustre y personalidad no quieren venir. Klopp, por ejemplo.

Porque si Zidane se fue por sentir falta de confianza en el club, según escribió él mismo, es decir, del propio presidente, aun siendo uno de sus mimados históricos; y Ancelotti tampoco le servía, a pesar de su triunfal trayectoria, más el fiasco por el mal paso dado con Xabi Alonso, a quien le hizo un contrato de tres años y solo aguantó unos meses, y el poco lucido papel de Arbeloa, todos saben ya quién es y cómo ve a los del banquillo el baranda blanco.

No hay que rebuscar en internet sus famosos audios para saberlo.

Por todo eso, desgraciadamente, y ojalá me equivoque, sus caminos en el mar le llevan a Lisboa.


© La Opinión de Murcia