Descifrando iconos
‘La última cena’, de Leonardo da Vinci.
Hay obras de arte tan enormes -y harto difundidas- que han terminado formando parte de nuestra vida cotidiana, del día a día de millones de personas; aunque en la mayoría de ocasiones no seamos conscientes de ello. Consecuencia de lo anterior, son también los lugares que han trascendido al imaginario colectivo gracias a geniales obras que hablaban de estos o que alumbraron a las mismas en su gestación creativa. Sirva de ejemplo la ciudad italiana de Verona, donde Shakespeare nunca estuvo y, sin embargo, ubicó en la misma su drama más universal y conocido. De igual forma, encontramos reproducciones de obras de arte en ropa, objetos o imágenes publicitarias de las que conocemos su imagen pero ignoramos su historia y sentido original; así como la biografía de sus autores. Hace poco confirmaba esto, nuevamente, con mis alumnos de segundo de bachillerato con las conocidas obras de 'El beso' de Gustav Klimt, y 'El grito' de Edvard Munch.
Pero me gustaría centrarme, en esta ocasión, en la que es la obra de arte religioso más conocida de la historia occidental. Una obra fascinante que ha sembrado admiración y preocupación desde su misma creación. Una pintura que se ha copiado y versionado hasta la saciedad. Su belleza, maestría y misterio han alumbrado todo tipo de hipótesis recogidas, en ocasiones, tanto en novelas como en películas. Una obra maestra que prácticamente todo el mundo tiene en su retina, pero que más allá del nombre de su autor, no se suele conocer mínimamente. En Milán, en el convento de Santa María de la Gracia, en 1495, un artista-científico de incansable curiosidad recibía el encargo del todopoderoso duque Ludovico Sforza de realizar una pintura que estaría destinada, sin saberlo ambos, a la inmortalidad. El artista frisaba el ecuador de la cuarentena y se llamaba Leonardo. Nacido en el pequeño pueblo de Vinci, era hijo natural de un rico notario con una campesina. Su padre supo ver el talento precoz en aquel niño que observaba y trataba de descifrar todo lo que le rodeaba y, así, con catorce años lo llevó a Florencia al célebre taller de Verrocchio. Su condición de hijo bastardo hizo que no pudiera recibir una enseñanza reglada, aspecto que favoreció su admirable formación autodidacta.
De Leonardo Da Vinci se ha escrito mucho, muchísimo a decir verdad. También pertenece a esa órbita de artistas en los que lo real y la ficción, en ocasiones, se funden. Lo que sí es incuestionable es su afán de perfección a lo largo de su vida. En el refectorio (comedor) del citado monasterio el artista proyectó la realización de una gran pintura sobre el tema de la última cena de Cristo. Lo normal en esa época es que esta se hubiera realizado con la técnica del fresco. Procedimiento que fijaba poderosamente los pigmentos al revoco aplicado sobre el muro; pero no fue así. El fresco era una técnica que exigía gran rapidez de actuación, algo que no casaba con el proceder pausado y meticuloso de Leonardo. De esta forma, el artista optó por experimentar con una mezcla de temple y óleo sobre una capa de yeso aplicada en la pared: ahí comenzaron gran parte de los problemas de la obra. La técnica de Leonardo hizo que la pintura no se adhiriera con suficiente fuerza al soporte. Pocas décadas después de su terminación, la pintura comenzó a desprenderse y a desaparecer paulatinamente. Por si esto fuera poco, el muro absorbía aguas subterráneas de un arroyo que Leonardo desconocía. Ambos aspectos hicieron, principalmente, que la obra presentara graves problemas de conservación, incluso en vida del propio artista. Destaca poderosamente en la obra la aplicación de la perspectiva cónica. Su utilización era una gran revolución inventada -no demasiadas décadas antes- por Brunelleschi. Todas las líneas convergen en la figura de Cristo, tras el que se abre uno de los tres vanos con la evocación de esos paisajes tan del gusto del artista toscano. Siempre me ha sorprendido la austeridad y modernidad del espacio recreado por el artista.
Con el paso del tiempo, la obra tuvo que seguir deteriorándose grandemente; esto explicaría, en parte, el poco reparo de los frailes al abrir una puerta en el muro mutilando los pies de Jesús (posiblemente estuvieran cruzados en alusión a la crucifixión). La invasión napoleónica convirtió el lugar en establo, imagínense. No puedo cerrar este pequeño recorrido sin hablar de la mujer a la que debemos en gran medida su actual contemplación: la restauradora Pinin Brambilla. Durante veinte años esta mujer vivió dedicada a la salvación de una de las obras más admiradas y más maltratadas de la historia del arte. Les invito a volver la mirada hacia esta creación sin par, que a pesar de ser archiconocida, no dejará de sorprendernos.
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