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Hammershøi

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07.04.2026

Siempre hemos sentido fascinación por conocer el interior de las casas de nuestros vecinos. Es una curiosidad innata que nos permite adentrarnos en lo más personal del ser humano, su hogar. Intentar vislumbrar cómo viven o cómo han decorado su casa nuestros congéneres, o a qué cosas otorgan valor dentro de su entorno más personal, nos ayuda a conocer esa parte de su personalidad que no se muestra de forma consciente, sino que se revela en los detalles.

La sociedad actual, en general, ha perdido ese condicionamiento social del siglo pasado de «la visita», donde era habitual emplear los domingos por la tarde para ir a ver a vecinos, conocidos y parientes. Es una costumbre que se ha ido borrando de nuestros quehaceres, en parte promovido por los espacios cada vez más reducidos de las viviendas en las ciudades, donde no se ha dejado espacio para recibir, un lugar que era tan importante en las casas como la cocina. Por eso, el dar a conocer el interior de tu casa, o abrirlo a aquellos más cercanos, se ha convertido en algo verdaderamente elitista. Lo vemos en los reportajes que salen todas las semanas en muchas revistas, donde, de forma consensuada, se abren las puertas de unas casas para mostrar unos interiores impolutos, decorados por la firma de moda más rutilante, y donde los dueños de estos espacios aparecen posando. Todo muy medido y tasado y donde cada detalle cuenta, perdiendo la naturalidad de los espacios habitados y el encanto del instante.

Son esta fascinación por los interiores y esa verdad en lo que se muestra ante el espectador las claves del éxito de público de la exposición que hace ya unas semanas abrió el museo Thyssen-Borneszmiza de Madrid dedicada al desconocido pintor danés, Vilhelm Hammershøi (Copenhague, 1864-1916). Un artista poco conocido para el gran público y sin presencia en las colecciones españolas, pero que cautiva por su unión entre la tradición y la novedad en la forma de estructurar el espacio interior y los tonos neutros con los que construye sus escenas, de una gran modernidad. Se ha subtitulado la muestra como «el ojo que escucha», un oxímoron de lo más curioso, cuando en realidad lo que prima en sus pinturas es la sutil captación de la luz, desde la ráfaga de sol congelada en el espacio y en el tiempo que entra por los vanos de sus interiores a la difusa iluminación de la lámpara de techo en una panadería donde convierte a las figuras en siluetas del negativo de una película.

Es en los interiores donde el espectador es el verdadero protagonista. Es su presencia mirando desde el otro lado el que descubre y habita ese interior. Los pintores nórdicos se dieron cuenta de ello muy pronto. Los espacios domésticos pasaron a ser reproducidos con gran detallismo, permitiendo conocer los usos y costumbres de la época a través de unas escenas donde los protagonistas nos hacen cómplices de sus lecturas, como Jan Vermeer con sus jóvenes leyendo una carta delante de una ventana, o testigos de un enlace íntimo como Jan van Eyck con la pareja Arnolfini. Velázquez fue completamente revolucionario en esto. Trajo esos momentos de intimidad cotidiana a lo que era el retrato de la familia real, codificando, una manera diferente de presentar al rey, en el interior de su cotidianidad. Y lo hace no sólo captando el instante a través de esa luz filtrada por los vanos, al modo que hace Hammershøi doscientos años después, sino también incluyendo la naturalidad y el caos de la vida en la ecuación, dando la oportunidad al espectador de formar parte de esa instantánea.

Hammershøi retoma toda esta tradición y la simplifica en tonos y objetos, pero sin renunciar a lo que verdaderamente da sentido a la pintura, la luz. Avanza en su concepción espacial lo que Cézanne también está experimentando, pero centrado en la forma. Ambos llegan a una solución similar: convertir lo animado en un ente inanimado más. Habitar el entorno, y en especial el interior doméstico, es un privilegio del ser humano.

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