menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

El legado del "Principito" ovetense, el chaval que empezó vendiendo relojes en su Seat 600 y que acabó levantando 800 viviendas

16 0
01.02.2026

Oviedo, a pie de calle: (Montecerrao IV)

La familia de Fernando Álvarez, junto a la estatua de Fernando Álvarez, cuando se inauguró su plaza en Montecerrao, en septiembre de 2004, dos años después de su fallecimiento. A la derecha, el entonces alcalde de Oviedo, Gabino de Lorenzo. / LNE

Juan A. Ardura

El alma mater de Monte Cerrao empezó vendiendo relojes y joyas, que llevaba a modo de expositor improvisado en el asiento trasero de su Seat 600 de ruedas anchas y línea deportiva. El chaval, que había estudiado en el colegio de la Gesta y en el instituto Alfonso II y ayudaba de pequeño a su madre a vender leche en la plaza de Oviedo, se introdujo pronto en el mercado inmobiliario: «Tenía don de gentes», asegura quien le conoció bien y cerca, desde cuando Fernando Álvarez saltaba a caballo en el hípico de San Lázaro, donde luego estaría el canódromo.

Fernando Álvarez había nacido el 12 de mayo de 1951, solo unos minutos antes que su hermano mellizo, Francisco, en Vega, el pueblo que todavía conserva hoy el alma rural de esta zona del suroeste ovetense. «Era un crack como vendedor, con los muestrarios de la relojería Solís que llevaba en aquel 600; empezó a tratar con gente bien situada, iba por el Pelayo y por los cafés del centro de Oviedo, era un guaje de poco más de 18 años, y ese don de gentes acabó llevándole a hacer de intermediario en compra venta de pisos y solares», describe un antiguo compañero del sector.

Una habilidad, la de vendedor, que seguramente aprendió el constructor en su más tierna infancia cuando, junto a sus hermanos, acompañaba a su madre, Amada García, a vender leche de la casería familiar hasta la plaza, en pleno casco antiguo de Oviedo. De muestra, un botón: si se enteraba que la hija de algún acaudalado de la sociedad ovetense se casaba, allí se presentaba y le vendía un brillante al orgulloso padre: «Prefería vender pocas joyas, pero muy valiosas, que muchas», contaba a este........

© La Nueva España