La vergüenza y la herencia. Recordando al Padre Eduardo Arboleda Valencia
Conocí al padre Eduardo Arboleda Valencia en el Seminario de Garzón. No era un hombre cualquiera. Tenía una inteligencia luminosa, pero lo que verdaderamente lo definía era su forma de vivir: austera hasta el límite, deliberadamente pobre. Cuatro camisas, cuatro pantalones, un par de zapatos. Nada más. No por carencia, sino por decisión. Un moderno Francisco de Asís.
Y esa decisión solo cobra su verdadero sentido cuando se entiende de dónde venía. Era miembro de una de las familias más poderosas del Cauca: los Arboleda y los Valencia. Una estirpe que, durante generaciones, acumuló tierra, poder político y prestigio social. No es posible hablar de esa historia sin mencionar nombres como Julio Arboleda Pombo o Guillermo León Valencia, ni ignorar su proyección contemporánea en figuras como Paloma Valencia.
Pero el padre Arboleda eligió no pertenecer a ese mundo. Se avergonzaba. No en un sentido superficial o emocional, sino en un sentido profundamente moral. Sabía que esa riqueza, ese abolengo, no eran neutrales. Que estaban atravesados por una historia de despojo en el Cauca: tierras arrebatadas, pueblos indígenas subordinados, campesinos desplazados. Comprendió que no toda herencia es digna de ser defendida. Por eso rompió con ella.
Nunca volvió al seno de su familia. Nunca utilizó su apellido como privilegio. Nunca intentó reconciliarse con ese origen y abolengo. Vivió, en cambio, como un pobre entre los pobres, como si su vida fuera una forma de expiación silenciosa. Murió el 24 de mayo de 2024, en Cartago, fiel a esa elección. Ese contraste hoy es brutal. Porque mientras él encarnaba la negación del privilegio, otros herederos de esa misma historia lo defienden, lo matizan o lo justifican. No se trata de un reproche personal, sino de una tensión histórica no resuelta: la de un país que no ha querido mirar de frente el origen de sus desigualdades.
Hoy en el Cauca, esa tensión tiene rostro: De un lado, la continuidad de una élite que sigue pensando la tierra como propiedad y acumulación. Del otro, la voz de quienes han sido históricamente despojados. Ahí aparece Aída Quilcué, no como símbolo retórico, sino como expresión viva de esa otra historia: la de los pueblos indígenas que han resistido la expulsión, la violencia y la marginación.
Ella representa la antípoda. Donde hubo hacienda, ellos reclaman territorio. Donde hubo acumulación, ellos hablan de vida. Donde hubo silencio, ellos ponen memoria. Y esa memoria no es abstracta: está hecha de desplazamientos, de masacres, de resistencia cotidiana.
Por eso la discusión no es menor. No se trata simplemente de modelos políticos enfrentados, sino de dos maneras de entender la historia: una que tiende a justificar el orden heredado, y otra que exige transformarlo. En esa tensión se juega buena parte del presente colombiano.
El padre Arboleda, sin discursos, ya había tomado partido. Su vida fue una ruptura con la comodidad de su origen. Una denuncia sin palabras. Una forma de decir que hay privilegios que no pueden sostenerse sin violencia, y que, frente a eso, la única respuesta ética posible es no participar. Hoy la pregunta permanece: si alguien nacido en el corazón de esa élite fue capaz de renunciar a ella, ¿qué justifica su persistencia? Tal vez nada. Tal vez, como lo entendió él, la verdadera dignidad comienza cuando se tiene el valor de romper con aquello que nos beneficia y nos empodera pero que no es justo.
