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La habitación

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Siete años después de que Andrei Tarkovsky filmara Stalker, ocurrió el terrible accidente nuclear de Chernobyl. Se ha especulado que la muerte del director, su esposa, el protagonista y uno de los camarógrafos —los cuatro víctimas de cáncer— podría estar relacionada con el rodaje en las cercanías de Tallin, en zonas contaminadas por desechos industriales y, tal vez, radiactivos. El rodaje se realizó en condiciones muy duras y, para remate, cuando el material filmado fue enviado a revelado, regresó inutilizable, ya fuera por errores en el proceso o por el uso de película defectuosa, lo que obligó a rehacerlo casi en su totalidad. Hay que tener en cuenta que era la Unión Soviética y que Tarkovsky no gozaba del favor del Kremlin, lo que lo llevó al exilio pocos años después, donde falleció tempranamente, a los 54 años, en París.

Para quienes no han visto la película, un breve resumen: en la Zona, un lugar prohibido, lleno de trampas y en constante transformación, hay una habitación que concede los deseos más profundos a quien logre acceder a ella. Un científico y un escritor emprenden el camino guiados por un Stalker.

Imaginar un espacio reducido, sin nada en particular a la vista, pero capaz de otorgar lo deseado a quien entre en él, es lo que propone este director, inspirado en Roadside Picnic, novela de ciencia ficción escrita algunos años antes por los hermanos Arkady Strugatsky y Boris Strugatsky. En ella no hay una habitación, sino una esfera dorada que concede los deseos a quienes logran acercarse. Ese contraste ya se había visto en Solaris en donde Tarkovsky muestra una nave espacial envejecida, húmeda, rugosa, contrastando con la nave blanca y pulida de 2001: Odisea espacial. En 2001 se exalta la tecnología; en Solaris, la condición humana.

En Stalker, la cámara recorre la habitación, revelando un espacio abandonado, anodino, que en nada haría suponer el misterio que encierra. El manejo del espacio en Tarkovsky es sutil: no hay arquitecturas grandilocuentes como en Blade Runner o en Los juegos del hambre.

El sonido en la película es extraordinario. Eduard Artemyev propone una música electrónica que alcanza profundidades inesperadas para ese género en su momento, sensibilidad que más tarde encontraría eco en la banda sonora de Blade Runner, compuesta por Vangelis.

Al final de la película se ve a un Stalker derrotado que, en un poderoso diálogo con su abnegada mujer, devela lo más íntimo de su ser: teniendo la posibilidad de penetrar en la habitación y transformar así una vida miserable, se ha negado a hacerlo. Su misión es otra, y se resigna a ella. Mientras tanto, su hija parapléjica se distrae moviendo un vaso con la mente.


© La Nación