El último exabrupto del enfermo
El accidente del Hércules C-130 en Puerto Leguízamo, segando la vida de 69 uniformados, debió mover al recogimiento nacional. El duelo oficial decretado por el presidente Petro apuntaba en esa dirección. Pero, sus declaraciones posteriores calificando la aeronave como “chatarra” y contradiciendo públicamente a la Fuerza Aeroespacial, desbordaron el ámbito del dolor colectivo para instalar un debate político innecesario.
¿Por qué un mandatario, en medio de la tragedia, opta por la impertinencia? La respuesta no está en la literalidad de sus palabras, sino en los motivos ocultos que las sostienen. Petro busca, hace tiempo, legitimar su proyecto de modernización militar insistiendo en que mandos medios han frenado la adquisición de nuevo armamento. El accidente, doloroso y mediático, fue escenario propicio para subrayar la narrativa de que el Estado no invierte lo suficiente, y él es el líder que denuncia la precariedad.
Pero hay más. Al tensionar públicamente con la Fuerza Aeroespacial, Petro reafirma su distancia y autoridad con una institución que históricamente ha desconfiado de él, y con un cuerpo castrense distante de su ideario. El calificativo de “chatarra”, a más de juicio ‘técnico’ falaz (la capacidad de uso es horaria no estructural), es gesto político que busca deslegitimar la voz de los altos mandos, reposicionando al presidente como único intérprete autorizado de la tragedia. En esa pugna simbólica, el dolor de las familias se convierte en telón de fondo de una disputa por el relato.
El riesgo, sin embargo, es evidente. La impertinencia erosiona la confianza ciudadana en la unidad institucional. En lugar de consolidar un frente común de duelo y reflexión, el presidente abre fisuras que alimentan la percepción de improvisación y confrontación. La tragedia, que debería unir, se convierte en campo de batalla discursivo.
La pretensión no es juzgar la intención última de Petro, sino desenmascarar los motivos ocultos de reposicionar su proyecto de modernización, reafirmar autoridad frente a los militares y capitalizar políticamente un episodio doloroso. Todo ello fétido. Al hacerlo sacrifica la solemnidad que la nación exige en momentos de duelo. La impertinencia, más que un error de estilo, es síntoma de una estrategia que privilegia la disputa sobre la empatía. Y esa elección, en el contexto de la tragedia, resulta profundamente inoportuna, rayana en el desvarío.
En Putumayo no habló la chatarra, habló la patria herida. Y ante ella, la impertinencia solo agrava el silencio que exige respeto. Para el enfermo en campaña, ‘todo vale’.
