Cultivar temperamentos pacíficos
En el libro Emociones Políticas, la pensadora Martha Nussbaum se pregunta a través de una cita del filósofo Herder cómo forjar temperamentos pacíficos. La pregunta es pertinente porque a estas alturas del siglo XXI se suele reivindicar la violencia como un mecanismo político legítimo para transformar la realidad. Con una historia de tragedia épica sostenida en el tiempo, una especie de tortura infinita, Colombia ha sido cuna de varios intentos por lograr acuerdos para superar el flagelo del conflicto armado y las lógicas de violencia. Cuando se observan los saldos de la violencia y las guerras, no solo en Colombia sino a nivel internacional, es necesario preguntarse qué motivación hay para seguir pensando en la violencia como solución a la injusticia.
Nuestros temperamentos han sido forjados en ese modelo patriarcal que simboliza la dominación y la guerra. Los regímenes totalitarios de siglo XX difundieron ideas relacionadas con la eliminación del otro por ser diferente para consolidar comunidades estables y seguras. Se hicieron campos de concentración y se puso en marcha la política del exterminio contra aquellos que tenían otras ideas sobre el mundo. Colombia marchó al ritmo del mundo: el odio bipartidista, el clasismo, el racismo y la xenofobia produjeron lógicas de violencia que aún buscan ser superadas. Algunas visiones fatalistas y sesgadas han afirmado que somos culturalmente violentos para significar que estamos condenados a reproducir la guerra. Frente a esto, vale la pena reconocer la búsqueda incesante de la paz por parte de diferentes sectores de la sociedad. Un buen segmento de la ciudadanía, especialmente quienes han vivido el flagelo de la guerra en el campo y en la ciudad, ha entendido que la violencia no es una opción política, que cuando hay violencia la política no puede darse porque política tiene que ver con un escenario de convivencia en medio de la pluralidad. Los movimientos sociales y varios sectores políticos continúan insistiendo en construir acuerdos para abrir el camino de la paz.
Forjar temperamentos pacíficos es una necesidad ineludible y, por eso, quienes aspiren a gobernar el país deben seguir avanzando en términos de educación y cultura. Estos no pueden ser temas accesorios si lo que se quiere es avanzar hacia escenarios más pacíficos y tolerantes. El arte y la educación abren horizontes, transforman realidades y enriquecen el lenguaje para divisar un horizonte más amplio en el que la vida trascienda la pequeñez de la violencia hacia la grandeza del pensamiento, la paz y la política.
