Perú: en la cuenca del Madre de Dios, la minería dejó pueblos indígenas rodeados de agua que no pueden beber
Perú: en la cuenca del Madre de Dios, la minería dejó pueblos indígenas rodeados de agua que no pueden beber
En la comunidad harakmbut de Arazaire, donde la minería de oro desvió el cauce del río Inambari, los satélites registran más superficie de agua que hace 20 años, pero los comuneros cuentan que ya no la pueden beber ni pescar. Tras generaciones de agua segura para el consumo, desde hace años tienen que comprarla.
“La gente piensa que como vivimos en la selva tenemos bastante agua. Y la realidad es esta”, se apura en decir Erick Aguirre Tijé, poblador indígena harakmbut de la Amazonía sur de Perú, mientras apunta con el dedo índice al agua turbia que corre por el río Inambari. Erick lleva el apellido de la familia que fundó la comunidad indígena Arazaire a orillas del río, uno de los que alimentan la cuenca del Madre de Dios y luego el gran Amazonas, y ha sido testigo de cómo ese territorio se ha ido transformando desde el 2010.
Recuerda, por ejemplo, que hace cinco años era usual ver a los peque-peque —embarcaciones artesanales de madera— surcando el río y llevando gente, así como las atarrayas aterrizando en el espejo de agua para pescar sábalos y zúngaros (un tipo de bagre). También a las familias que disfrutaban viendo a los niños nadar, las señoras que bajaban a recoger agua o los hombres que tomaban el sol para sacudirse el cansancio. Esa fotografía ha cambiado y ahora es una fábula para su primo Santiago, quien tiene esos mismos cinco años que han pasado desde esa nueva normalidad.
Para llegar al Inambari hay que abrir camino. Erick Aguirre, acompañado del pequeño Santiago, avanza con un machete en mano cortando las lianas que han crecido luego de un año de no ir a la zona. “Es que ya no usamos el río”, dice resignado. A un kilómetro de distancia se oye su rugir. Sigue presente en sus vidas, aunque ya no es parte de ellas. Solo queda el recuerdo de ese río que encandiló hace más de 50 años atrás a su abuelo José Tijé y que lo convenció de asentar allí a su pueblo harakmbut.
Elda Gutiérrez, madre de Santiago, le pide que no tome agua del río ni de las quebradas durante la caminata. Que mejor lleve una botella de agua que han comprado. “Hasta hace cinco años podíamos caminar más de 3 kilómetros hasta la quebrada de Buenqueme”, cuenta Ruth Tijé, comunera de Arazaire, describiendo uno de los puntos que usaban para hidratarse. Se refiere a un caño de agua que se puede ver desde la Carretera Interoceánica que se trazó entre el sur del Perú y el estado brasileño de Acre, que pasa muy cerca de la comunidad. “Ahora es puro lodo de la minería”, dice la lideresa indígena.
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La comunidad de Arazaire está dividida en dos, atravesada por el río Inambari. En la margen izquierda del río, donde los pobladores tenían chacras, bosque y lagunas ceremoniales, ahora abunda este paisaje lleno de pozas de mercurio y deforestación. Foto: Vico Méndez/Mongabay Latam
En Arazaire y el resto de comunidades asentadas a lo largo del Inambari, la turbidez del agua se atribuye a la minería. Es responsable de la contaminación, del cambio del cauce por la cantidad de sedimento removido en la extracción de oro y también del desvío del río para facilitar el trabajo a los mineros ilegales que operan del otro lado de la orilla. La erosión, aseguran, devora sin piedad las tierras indígenas.
“Cada vez es más chico el territorio de Arazaire porque el caudal ha erosionado las tierras de la comunidad”, agrega Tijé. “Ya como 300, 500 metros se llevó. Antes estaba lejos [el río], ahora está cerca”. Esa proximidad no los favorece, no solo por el riesgo de inundaciones sino también porque no pueden disponer más de esa agua cargada de lodo. Los datos confirman su temor. Un análisis realizado por Mongabay Latam, a través de la plataforma Google Earth, confirma que 13.5 hectáreas fueron arrasadas entre el 2012 y el 2025.
Esto los llevó a buscar otras fuentes de agua limpia, como la quebrada Buenqueme. Al poco tiempo, narran los comuneros, allí también empezó a llegar sucia y tuvieron que ir más lejos, a otras quebradas, en busca de agua limpia. Pero la contaminación minera también las alcanzó.
“Lo que sucede río arriba, se sufre abajo”, resume el problema Ruth Tijé.
Hasta mediados de 2026, la minería habría afectado 688 hectáreas dentro de este territorio, una cifra que ha crecido desde 2018, según los datos de la plataforma Amazon Mining Watch. Captura de imagen: Amazon Mining Watch
¿Cómo entender la paradoja de una comunidad que vive rodeada de agua pero no puede usarla? ¿Cuánto ha cambiado el río Inambari y toda la cuenca de Madre de Dios en los últimos años? Las imágenes satelitales muestran esa contradicción: una zona con más superficie de agua que hace veinte años, pero que ha crecido a costa de la aparición de pozas asociadas a la minería y de parches de deforestación.
Periodistas de Mongabay Latam, El Espectador y del Correo del Caroní analizaron los cambios que han afectado al Madre de Dios en las últimas dos décadas y a otros tres ríos amazónicos, con apoyo de científicos de MapBiomas y del programa de formación en ecología cuantitativa del Instituto Serrapilheira de Brasil. Lo hicieron como parte de la investigación Aguas Partidas, que coordinó el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP) en alianza con ocho medios de la región.
En total, esta alianza periodística analizó 722 microcuencas de cuatro países —el 63 % de ellas territorio de al menos 74 pueblos indígenas— usando el análisis por microcuencas de la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG), a partir de datos de la plataforma MapBiomas Agua.
Los resultados son contundentes. En Bolivia, las microcuencas con minería ilegal ganaron 21.5 % de superficie de agua en 25 años, mientras que las que no tienen ninguna perdieron 17.2 %. En Venezuela, la superficie total de agua de los 98 ríos afluentes y los embalses en el Caroní cayó un 5.8 %, según datos de MapBiomas Venezuela. Dado que más de tres cuartas partes del agua del Caroní está contenida por tres grandes centrales hidroeléctricas (Guri, Macagua y Caruachi), ese hecho enmascara una pérdida de agua significativamente más grande en los ríos.
En Colombia, donde la deforestación por ganadería es la presión dominante, hay microcuencas donde la deforestación acumulada cubre más de la mitad del territorio, y las más deforestadas también pierden agua. Y en las cuatro cuencas se repite un patrón más fino: una de cada seis microcuencas pierde agua natural y gana agua artificial al mismo tiempo, en el mismo lugar; de cada cinco hectáreas de esa agua artificial, más de cuatro aparecen en territorio indígena.
En el caso peruano, en la gran cuenca del Madre de Dios, se analizaron 84 de las 155 microcuencas que lo componen. En 45 de ellas se ha registrado un incremento de agua artificial, y la casi totalidad de esa agua nueva se concentra en las microcuencas con presencia de minería legal e ilegal: entre 2000 y 2023 la superficie de agua artificial de la cuenca se multiplicó casi por doce —de 1224 a 14 418 hectáreas—, y el 99.7 % de esa agua está en las 45 microcuencas donde hay minería registrada; en las 39 que no la tienen, apenas llega a 38 hectáreas. Solo tres microcuencas —entre ellas la de Arazaire, sobre el río Inambari— concentran el 81 % de toda esa agua nueva. 41 de esas 84 microcuencas se solapan, además, con territorios indígenas de 14 pueblos distintos: no es que haya más agua, es que aparecieron pozas donde antes no había nada. Casi toda el agua artificial nueva de Madre de Dios apareció en territorio indígena.
En esas microcuencas, la minería ilegal ocupa en promedio 10.3 % del territorio, frente a apenas 0.4 % donde no hay territorio indígena de por medio, según el análisis científico realizado para esta investigación. Y cuanto más territorio indígena tiene una microcuenca, más agua antrópica registra, según el modelo estadístico del proyecto. Las comunidades no están protegidas de la minería, sino que están rodeadas.
Por esas pozas justamente sobresale Arazaire, una comunidad indígena invadida por retroexcavadoras, dragas y contaminación, donde El Estado peruano ha otorgado 11 concesiones mineras tituladas y activas que se superponen al territorio de Arazaire. Y son 153 las que afectan a ocho comunidades indígenas de Madre de Dios, sobre 12 768 hectáreas de territorio comunal, según una investigación publicada en marzo de 2026 por Mongabay Latam. Amazon Mining Watch, una plataforma que rastrea la minería en la Amazonía con inteligencia artificial sobre imágenes satelitales, revela la dimensión del daño en el propio territorio de la comunidad. Hasta mediados de 2026, la minería habría afectado 688 hectáreas dentro de este territorio, una cifra que ha crecido desde 2018, según los datos de la plataforma. Además, se calcula que el 85 % de esa........
