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Timbre

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24.03.2026

En alguna de sus novelas, cuyo título ahora mismo no recuerdo, Margaret Atwood aseguraba que somos preponderantemente lo que olvidamos. Eso que no sabemos de nosotros mismos y que, para colmo de males, no sabemos que no sabemos, ejerce un poder espectacular sobre lo que nos constituye. La neurología nos ha enseñado que olvidar es tan importante como recordar. Si esto fuera cierto, y parece que lo es, ¿será posible en sentido estricto hacer un recuento de lo que olvidamos?

En 1975, Joe Brainard publicó su muy celebrado I Remember, traducido como Me acuerdo por Julia Osuna Aguilar para la editorial Sexto Piso, una larga lista de evocaciones personales que, a través de objetos y sucesos nimios, reconstruye una autobiografía sin aparente centro. Del recuerdo de su primer cigarrillo, marca Kent, que fumó en una colina de Oklahoma con un tal Ron Padgett, a la imagen ostensiblemente imborrable de Frank O’Hara bajando por la Segunda Avenida una fría tarde de inicios de primavera, la prolija memoria de Brainard conjura un mundo hecho de gestos mínimos, entre los que resaltan aquellos que acechan la experiencia queer. Inspirado por este ejercicio memorístico,........

© La Jornada