La Ilustración oscura
En junio de este año, en una columna publicada en el Financial Times, el presidente argentino Javier Milei presentó al mundo las «corporaciones no humanas»: empresas operadas por agentes de inteligencia artificial (IA) o robots, con personalidad jurídica, en las que podrían participar accionistas humanos, aunque estos no serían obligatorios. La propuesta, que ya tomó la forma de un proyecto enviado al Congreso, se completa con el compromiso de mantener la IA libre de «la mano mortal» de la regulación y con una fiscalidad a medida. Buenos Aires debe ser para la inteligencia artificial, escribió el ultraderechista, lo que Ámsterdam fue para la era de la navegación.
Milei es, hasta ahora, uno de los jefes de Estado que ha llevado más lejos las ideas que un conjunto de teóricos reaccionarios viene elaborando desde hace casi dos décadas y que hoy alimentan las fantasías políticas de algunos magnates tecnológicos, especialmente de aquellos vinculados al desarrollo de la IA. Las corporaciones reemplazarían a las instituciones democráticas y convertirían los conflictos políticos en problemas técnicos administrados por algoritmos, subordinando así las decisiones colectivas a sistemas automatizados que prometen eficiencia precisamente porque prescinden de la deliberación.
En la filosofía neorreaccionaria, la IA se presenta como un instrumento de reducción del poder estatal en favor del mercado. El poder estatal aparece como la única amenaza a la libertad; la competencia mercantil descentralizada, como su única garantía. Esa radicalización tiene un linaje conocido y, en cierto sentido, más respetable. La célebre distinción de Benjamin Constant entre la libertad de los modernos, entendida como el goce garantizado de la esfera privada, y la libertad de los antiguos, asociada con la participación en las decisiones colectivas, dejó planteada una tensión que las corrientes conservadoras del liberalismo resolverían en favor de la primera. En esas versiones, la igualdad y la soberanía popular aparecen como amenazas a la libertad. La filosofía neorreaccionaria actual es la versión desembozada de esa tradición antidemocrática.
Bajo las formas de propiedad y control que hoy predominan, la inteligencia artificial parece especialmente compatible con esta deriva antidemocrática. No se trata de una consecuencia necesaria de la tecnología, sino del rumbo que adquiere cuando su diseño y su propiedad quedan subordinados en Occidente a la rentabilidad y el poder empresarial. Hoy su imaginario se organiza alrededor de máquinas capaces de «tomar el control» de procesos que hasta ahora dependían de decisiones humanas. Aplicada al mundo del trabajo, esta lógica tiende a profundizar la individualización de la fuerza laboral y la impersonalidad de la dominación que ya anticipan las plataformas digitales. La uberización ofrece una imagen posible del futuro: trabajadores aislados, gestionados por algoritmos, privados de vínculos estables de solidaridad y de las instituciones colectivas que hicieron posible la organización de la clase trabajadora. La relación de explotación ya no coloca frente al trabajador a una figura visible, sino que lo deja crecientemente desprotegido y aislado ante la crudeza de la «coacción muda» de las relaciones económicas de la que hablaba Marx.
Las innovaciones tecnológicas parecen mover el suelo bajo nuestros pies. El mundo cambia a una velocidad acelerada y, en medio de ese vértigo, no resulta sencillo distinguir el pronóstico razonable de la fantasía alucinada. Conviene avanzar con calma. El mundo está raro y difícil.
Este vértigo tiene sus filósofos. El más consecuente es Nick Land, figura fundacional del aceleracionismo, profesor de filosofía reconvertido en profeta de la reacción, que dio a la pulsión autoritaria de Silicon Valley su formulación más extrema. Su trayectoria constituye, en sí misma, un síntoma de época. Durante los años noventa fue un autor de culto para cierta izquierda, y Mark Fisher llegó a preguntarse si no era el filósofo británico más importante de........
