El fracaso del G20 en Asheville
La reunión de ministros de finanzas y presidentes de bancos centrales del G20, realizada la última semana en Asheville, Carolina del Norte (EEUU), expuso la impotencia de la Casa Blanca para encolumnar a sus socios atlantistas y volvió a poner en evidencia su incapacidad para intimidar a la República Popular China.
El cónclave fue planificado como una puesta en escena del mando estadounidense sobre la economía global. El evento, coordinado por Scot Bessent, exhibió un Occidente fragmentado que aún ostenta su pretendido señorío mediático, digital y bélico, sin que dichos bagajes puedan ser reconvertidos en obediencia global. Como otras tantas veces, el lenguaje de la "coordinación internacional" de Washington operó como un barniz diplomático para imponer el disciplinamiento. Para el Secretario de Tesoro no se trataba de una convocatoria para deliberar. Era una cita para obedecer.
El resultado del encuentro, en ese marco, no fue económico, sino geopolítico. El dato sustancial fue que la reunión terminó sin un comunicado conjunto porque China rechazó una redacción que condenaba a los países con "superávits externos excesivos y persistentes".
Ese eufemismo se refería a la capacidad exportadora de Beijing, cuyos representantes se encargaron de recordar que EEUU tuvo durante el siglo XX --hasta la década de los 70-- ese mismo superávit sin que sus actuales funcionarios se avengan a recordarlo. Ante el veto de China, EEUU publicó una declaración unilateral de la presidencia. Esa escena condensa el giro de época: el Departamento de Estado, dirigido por Narco Rubio todavía ordena, pero ya no persuade. Presiona, pero no conduce.
La presencia del ministro de Finanzas ruso, Antón Siluánov, además, puso en evidencia las........
