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Colombia: Uribe y el 'House of Cards' electoral

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31.05.2026

La política colombiana tiene una particularidad que se repite con insistencia en casi cada ciclo electoral: los nombres cambian, las campañas se renuevan, los discursos se modernizan y la estética pública intenta transmitir la idea de una renovación constante del sistema político. Sin embargo, cuando se observa con atención la estructura profunda del poder, lo que aparece no es ruptura sino continuidad. Las élites cambian de rostro, pero los núcleos históricos del poder económico, mediático y político conservan una notable capacidad de adaptación, reorganización y permanencia.

En Colombia, pocas figuras expresan esa continuidad con tanta claridad como Álvaro Uribe Vélez.

Su influencia no puede entenderse únicamente desde su paso por la Presidencia entre 2002 y 2010, sino como la consolidación de un proyecto político que reorganizó de manera estructural el campo de la derecha colombiana y, con ello, una parte significativa del sentido común del Estado. Uribe no solo gobernó: consolidó una matriz de poder basada en tres pilares fundamentales --seguridad como doctrina central, autoridad como principio rector y tratamiento del conflicto social desde una lógica punitiva-- que reconfiguró la relación entre Estado, ciudadanía y conflicto.

Su capacidad de articulación tiene una expresión electoral contundente. En 2002 obtuvo la presidencia con 5.862.655 votos (53,05 %), rompiendo el esquema bipartidista tradicional. En 2006 fue reelegido con 7.397.835 votos (62,35 %), consolidando uno de los mandatos más fuertes de las últimas décadas. Pero su verdadero impacto no se limita a esos resultados: tras dejar la presidencia, el proyecto político que lideró continuó operando como eje organizador de la derecha colombiana. En 2014 el ultraderechista Centro Democrático irrumpió como fuerza parlamentaria; en 2018 Iván Duque llegó a la presidencia como expresión directa de ese bloque; y en 2026 su influencia sigue presente como matriz de articulación de candidaturas, discursos y estrategias.

Ese es el rasgo central del uribismo como fenómeno político: su capacidad de mantener el núcleo estratégico del poder mientras diversifica sus formas de representación.

Cuando el contexto exige institucionalidad, emergen figuras técnicas o moderadas. Cuando se requiere polarización, aparecen discursos más duros. Cuando se necesita ampliación electoral, se incorporan perfiles de centroderecha. Pero la dirección estructural del proyecto --defensa del modelo económico vigente, securitización del conflicto social y resistencia a transformaciones redistributivas-- permanece intacta.

En ese marco se inscribe la actual contienda presidencial.

Por un lado, aparece la candidatura de Paloma Valencia, que representa una derecha institucional, programática y de orden. Su discurso se estructura en torno a la seguridad, la autoridad estatal, el fortalecimiento de la Fuerza Pública y la crítica a la política de "paz total", interpretada como debilitamiento del Estado frente a actores armados (que no incluyen al paramilitarismo). En su cierre de campaña en Bogotá --con cerca de 12.000 asistentes según reportes de prensa-- insistió en la necesidad de "unidad de la derecha" y en la construcción de una mayoría capaz de recomponer el rumbo del país frente al proyecto progresista.

Sin embargo, esta candidatura no es simplemente continuidad del uribismo clásico: es su reconfiguración estratégica.

La inclusión de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial constituye una operación política de ampliación hacia sectores urbanos, tecnocráticos y de centroderecha. Oviedo encarna un lenguaje distinto: gestión basada en datos, perfil técnico, comunicación moderada y una estética de eficiencia institucional. Su incorporación no contradice el proyecto político de fondo; lo expande. Es una estrategia de recomposición hegemónica: conservar el núcleo ideológico de la derecha mientras se amplía su base social hacia sectores que rechazan la........

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