Demasiado Dios
El 11 de junio de 1931, recién instaurada la República, El Sol publicó una entrevista en la que Blas Infante declaró su deseo de «unir en un latido común por Andalucía a trescientos millones de seres a quienes la tiranía eclesiástica destruyó su cultura». Y auguró que una nueva guerra en Europa podría provocar que «1.200.000 andaluces que viven sus nostalgias de Tánger a Damasco, y los trescientos millones de hombres de Afro-Asia que sueñan por nuestra cultura, intervendrían para destruir de una vez la influencia del Norte». Coincidió en esto el dirigente andalucista con quienes creen tener el derecho de recuperar las tierras islámicas irredentas, fundamentalmente Al-Ándalus. ¿Habrá, pues, que entregar a Italia las tierras europeas, africanas y asiáticas conquistadas por las legiones romanas, o este caso no funciona por carecer de la legitimación proveniente de Alá y su profeta?
Por otro lado está la opresión de la sharía a los ciudadanos de algunos países musulmanes y el deseo de millones de fundamentalistas de extenderla a una Europa menguante y con población musulmana en crecimiento galopante. Y también está el odio que el mundo musulmán siente por Israel, ese quiste en medio de las tierras del islam –última y por lo tanto definitiva revelación–, con epicentro nada menos que en Jerusalén, la ciudad desde cuya Cúpula de la Roca Mahoma ascendió a los cielos, por lo que se entiende que Palestina es una tierra dada por Alá a sus creyentes. Pero esa misma roca es tenida por los judíos como el lugar en el que Dios creó el mundo y........
