La derecha GPS
De cuando en cuando aparecen ensayos y opúsculos que apenas serán leídos. No suelen ser publicaciones rentables, aunque tampoco lo pretenden. La idea detrás de algunos libros no es fabricar un superventas, sino activar ciertas corrientes de opinión o generar polémicas que suelen durar lo que un cubito de hielo en un negroni.
Son controversias que se ventilarán, como casi siempre, en las detestadísimas redes sociales (tuiter). Odiadas por su ruido, su vulgaridad y su radicalismo, el verdadero agravio que representan para algunos tiene más que ver con la falta de casito que con la verdad o la belleza. En esas aversiones coinciden con el «sanchismo», por eso las redes (tuiter) deben prohibirse a la chavalada. Si lo virtual no es suficiente para amplificar ciertos debates, siempre quedará el auxilio de los llamados medios «tradicionales» —con perdón por lo neorreaccionario del término— cuya influencia se reduce a un eco cada vez más débil.
Estas micropolémicas, esas abrasiones de conversador —¿de conservador?— público, rara vez trascienden el pequeño ecosistema que las produce. En Fuenlabrada de los Montes no interesa si usted es un moderadito con querencia por los mocasines de borlas o si pertenece a la muy trumpista, populista y neorreaccionaria «derecha desnortada». Son asuntos de autoconsumo para una pequeña cofradía de plumillas y opinadores profesionales, casi todos amigos y residentes en Madrid, donde nunca falta un profesor de Ética o Filosofía del Derecho con entrada en ciertas tertulias y chiringuitos.
A éste se le entrevistará en el medio sistémico de turno donde posará, incómodo, con la mandíbula alta y ese peculiar cruce de brazos que recuerda a los líderes carismáticos de los años treinta del siglo pasado (debe ser el amor por la UE, que contagia lo mejor de la institución). Allí nos pretenderá vender, por enésima vez, su libro: hay una derecha mala, nostálgica, moralista, woke y populista, frente al conservadurismo del «todo va bien, señora marquesa».
Es curioso que turren con la derecha moralista quienes beben los vientos por un orden del mundo legitimado a golpe de discurso moral. Ahí está, sin ir más lejos, el caso ucraniano —aunque podrían citarse muchos otros—. Se reduce lo complejo a una posición tranquilizadora, el enemigo viene impuesto y el relato no se cuestiona. Todo encaja, todo está claro, todo tiene su héroe y su villano. Y lo irónico es que algunos acaban cayendo en lo mismo que dicen detestar. Esa simplificación es exactamente lo que se le reprocha al «populismo»: dar explicaciones fáciles a problemas difíciles. Pero no hay de qué extrañarse: la ley del embudo es la ley de hierro del jeta de libro. Eso, y la invocación de grandes principios que no aguantan ni cinco minutos el contacto con la realidad.
Hablan de desnortamientos quienes siguen leyendo el presente con el manual de instrucciones de 1989, el de la refundación del Partido Popular, o incluso con el de 1945, recién salido del laboratorio del orden liberal de posguerra. Se desdibuja el eje del poder, se fragmenta la economía global, hay cambios políticos y sociales en Occidente y no saben o no quieren interpretarlos. Sitúan el norte con una brújula estropeada. Debe haber algo freudiano en esa inversión acusatoria que gastan cuando arrojan el calificativo de «nostálgico» a la cara de esa derecha «desubicada» a la que quieren leer la cartilla.
Con Trump o sin él, el mundo ya no responde al esquema complaciente de la globalización lineal y el consenso perpetuo. El multilateralismo que defienden algunos encubre una pulsión mundialista. Incapaces de asumir la soberanía como una cuestión transversal en sociedades cansadas de servir a intereses ajenos, aplauden diluir la nación —concepto, por cierto, liberal en su origen— en instituciones supranacionales con agenda propia, incontrolables y en ocasiones tiránicas, como es el caso de la UE.
Viendo cómo la derecha GPS se pone estupenda y henchida de superioridad moral procedería preguntarle, al estilo de las asambleas estudiantiles de mayo del 68: ¿desde dónde nos habláis, camaradas?
De la legitimidad para repartir carnés de esto o lo otro, ya escribimos otro día.
