Olas de calor: rabia y tristeza. Y esperanza, a pesar de todo
por Christine Poupin y Daniel Tanuro
En menos de dos meses, Europa se ha visto azotada por tres olas de calor excepcionales por su precocidad, intensidad, duración y extensión geográfica.
Las repercusiones sanitarias son numerosas y dramáticas: trastornos respiratorios debidos, sobre todo, a la formación de ozono (procedente de las emisiones de óxidos de nitrógeno de los motores térmicos; en junio se superó el nivel de peligrosidad del ozono para 300 de los 450 millones de europeas y europeos); accidentes cardiovasculares; enfermedades infecciosas; insuficiencia renal aguda; contaminación atmosférica por los humos de los incendios forestales. Estas consecuencias agravan aún más las desigualdades sociales relacionadas con las condiciones de vivienda, transporte, trabajo e ingresos. Las muertes adicionales se cuentan por miles. Las regiones más pobres, donde las posibilidades de protegerse del calor y de la contaminación son menores, registran tasas de sobremortalidad cercanas al 80 %, similares a las del periodo de la COVID-19.
Los seres humanos no son los únicos que sufren y mueren. El ganado paga un alto precio, en particular el ganado vacuno (fisiológicamente inadaptado a tales temperaturas) y las aves de corral. Se contabilizan decenas de miles de muertes en las «fábricas de carne» industriales. Además del impacto ético que suscita esta matanza, ella se inscribe en el contexto más amplio de las graves consecuencias de la ola de calor sobre la producción agrícola y la soberanía alimentaria. Con repercusiones en cadena sobre los precios al consumo (que ya están al alza debido a la guerra de Trump y Netanyahu contra Irán). También en este caso, las clases populares son las más afectadas.
Los impactos en los entornos naturales terrestres y acuáticos no son menos dramáticos. Las olas de calor extremas, las sequías severas y los incendios matan en masa a aves, insectos, peces, anfibios, mamíferos… Los daños a los ecosistemas terrestres (bosques, paisajes de setos y humedales, en particular) son los más visibles, pero la aceleración de la transformación de los entornos marinos también resulta preocupante. En general, se está asestando un nuevo golpe a una biodiversidad ya muy debilitada por la agroindustria, la pesca industrial y la industria turística. En una especie de efecto bumerán, estos sectores sufren ahora un contragolpe que no estará exento de consecuencias económicas globales.
Estas olas de calor se inscriben en el contexto de fenómenos meteorológicos extremos que se multiplican en todos los rincones del planeta. Por citar solo los más recientes: en la India, el termómetro marcó 45 °C en el mes de mayo; en China, unos tifones especialmente violentos provocan graves inundaciones en Guangxi, mientras que la ola de calor azota Xinyang; la península Antártica, en pleno invierno austral, ha registrado temperaturas de 5 °C, 20 °C por encima de las medias estacionales…
Les especialistas son categóricos: la mayoría de estos fenómenos no habrían podido producirse sin el calentamiento global. Se sabe que este se debe principalmente a la acumulación en la atmósfera de enormes cantidades de CO₂ emitidas al quemar combustibles fósiles. El mecanismo es bien conocido: debido a la creciente concentración de CO₂ y otros gases de efecto invernadero, el sistema terrestre sufre un desequilibrio energético cada vez mayor, lo que genera «ajustes» cada vez más violentos. Sin embargo, esto no es más que el principio. Los océanos absorben la mayor parte del excedente energético (el 90%). El hecho de que estén notificando en estos momentos el primer semestre más cálido jamás registrado es garantía de catástrofes futuras aún más violentas. A corto plazo, los efectos se verán multiplicados por la llegada de El Niño (fenómeno natural cuya intensidad récord probablemente no sea ajena al calentamiento de las masas de agua oceánicas).
La conclusión es inequívoca: el calentamiento global está sumiendo ahora mismo a la Tierra en una catástrofe irreversible a escala de los tiempos humanos. Una catástrofe que afecta especialmente a los pobres de los países pobres y a las clases populares de los llamados «países ricos». Este es el primer mensaje de la ola de calor.
Esta situación era previsible y ya se había anunciado, sobre todo en los sucesivos informes del IPCC. La respuesta también es conocida: es imperativo empezar de inmediato a reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero y abandonar lo antes posible el uso de combustibles fósiles. Pero tras las grandes declaraciones del Acuerdo de París de 2015 («mantener el aumento de la temperatura muy por debajo de los 2 °C, al mismo tiempo que se prosiguen los esfuerzos para no superar los 1,5 °C»), el business as usual ha seguido. Hay que recordar que el acuerdo ni siquiera mencionaba los combustibles fósiles. Sus promesas de estabilización del clima se basaban en un 95% en escenarios que incluían el despliegue masivo de la captura y el secuestro de carbono, la compensación de emisiones, la geoingeniería, el «carbón limpio» y la «energía nuclear descarbonizada». Los vendedores de falsas soluciones tecnológicas solo tenían una cosa en mente: hacer creer que se podría estabilizar el clima sin dejar los combustibles fósiles en el suelo. Ya vemos el resultado…
Un sistema energético eficiente, basado al 100% en energías renovables, puede satisfacer las necesidades humanas reales, determinadas de forma democrática y solidaria, respetando los límites ecológicos. Pero su implantación requiere reducir el consumo final de energía, eliminando la producción y el transporte innecesarios. Y eso es precisamente lo que el Capital no quiere bajo ningún precio. La democracia, la solidaridad, la satisfacción de las necesidades reales y el respeto de los límites ecológicos son más incompatibles que nunca con su lógica mercantil de competencia por la ganancia. Productivista por naturaleza, arraigado históricamente en las energías fósiles, el sistema debe producir cada vez más invirtiendo en maquinaria, y explotar cada vez más el trabajo y la Tierra para combatir la tendencia a la baja de la tasa de ganancia. Por lo tanto, no se trata en absoluto de una «transición energética». Más de treinta años después de la Cumbre de la Tierra (Río 1992), la proporción de combustibles fósiles en la combinación energética global sigue rondando el 80%, y las emisiones anuales continúan aumentando. La lógica absurda de un autómata fuera de control arrastra a la humanidad hacia el abismo.
Este es el........
