Buitres acechan terremoto venezolano. Escombros y guerra contrarrevolucionaria
Mientras Venezuela cuenta a sus muertos, entierra a sus vecinos y saca con las manos a los suyos de debajo del hormigón, una maquinaria de guerra mediática y política trabaja sin descanso para convertir el dolor en munición. No es casualidad. Es el mismo guión de siempre: donde hay un desastre, aparece el buitre.
El 24 de junio, dos terremotos gemelos —de magnitud 7,2 y 7,5— sacudieron la costa central de Venezuela en cuestión de segundos. La falla que recorre La Guaira se abrió como un tajo bajo edificios, autopistas y playas repletas de gente en día feriado. El balance oficial, que sigue actualizándose día a día, ya habla de miles de muertos y decenas de miles de heridos y damnificados que han perdido su vivienda: la tragedia sísmica más letal que vive el país en más de medio siglo, solo comparable al terremoto de Caracas de 1967 (alrededor de 245 víctimas) o al histórico sismo de 1812, aquel que sorprendió a la naciente república en plena guerra de independencia. Venezuela no es ajena a la sismicidad —el doblete de Zulia y Lara en 2025, el terremoto de Cariaco de 1997, el propio de Caracas de 1967—, pero lo del 24 de junio no tiene precedente reciente en magnitud ni en vidas arrancadas. Mientras el pueblo venezolano continúa enterrando a sus muertos y organizando la reconstrucción en condiciones extremas, se ha abierto otro frente que no aparece en los partes de emergencia: la batalla por el relato. Porque junto a los escombros también ha comenzado otra reconstrucción, la de la narrativa política sobre Venezuela.
Otro terremoto, esta vez digital
Desde las primeras horas tras el sismo, las redes sociales y parte del ecosistema mediático internacional se llenaron de imágenes falsas: vídeos reciclados de otras catástrofes —de los terremotos de Turquía, Siria o distintos puntos de Asia—, contenidos generados con inteligencia artificial y supuestas informaciones que no se correspondían con lo que ocurría realmente en el país. No son casos aislados: la desinformación ha funcionado como un segundo terremoto, este digital, que ha contribuido a confundir, distorsionar y amplificar una visión interesada de la tragedia. Como ha señalado la periodista Carmen Parejo en un análisis publicado en RT en Español, las mentiras también matan: no porque derriben edificios, sino porque destruyen la posibilidad de comprender lo que pasa en tiempo real, porque convierten el dolor en espectáculo, porque preparan el terreno para justificar decisiones que poco tienen que ver con la realidad sobre el terreno. Hoy la mentira no necesita imprenta ni portada: se propaga sola, impulsada por algoritmos diseñados para premiar el impacto emocional, la indignación y el choque, no la verificación ni el contexto. Y en ese terreno la verdad siempre llega tarde.
Lo ocurrido tampoco puede separarse del modelo de comunicación global dominante, donde un reducido grupo de agencias internacionales —Reuters, AP, AFP, EFE— marcan cada día la agenda informativa mundial; miles de medios se nutren de las mismas fuentes y entonces el relato se repite, se copie y se multiplique hasta convertirse en sentido común. ¿Es esto una campaña coordinada contra el gobierno venezolano con intenciones explícitas? No podemos afirmarlo con certeza. Lo que sí es constatable es que en esas grandes mesas de debate apenas hay representación de voceros del estado venezolano capaces de desmontar en el momento la mentira o la calumnia: como mucho, cinco minutos de entrevista a un cónsul frente a horas de programación construida sobre el mismo marco repetido. Y ese sentido común mediático, en el caso venezolano, lleva años construido sobre la misma base: la idea de un país en colapso permanente, incapaz de sostenerse a sí mismo. Cada crisis, cada dificultad y ahora cada catástrofe natural se reinterpreta dentro de ese marco heredado.
La otra realidad: un pueblo que no esperó a nadie
Mientras se multiplicaban los titulares sobre un supuesto colapso institucional total, miles de personas se organizaban en barrios, comunas y comunidades. Bomberos, personal sanitario, Protección Civil, milicianos, organizaciones populares y vecinos actuaron desde el primer minuto sin esperar directrices externas ni cobertura mediática. En la Comuna El Panal de Caracas, por ejemplo, los propios comuneros evaluaron el estado de los edificios de su barrio y abrieron refugios para los desplazados. Esa imagen —la de un pueblo organizado en medio del desastre— apenas ha tenido espacio en la narrativa internacional dominante, que ha preferido centrarse en la sospecha institucional antes que en la épica colectiva de motorizados, comuneros, médicos y rescatistas trabajando codo a codo. Esa respuesta no puede entenderse sin el proceso de organización popular desarrollado durante años en Venezuela........
