La alienación en la era del algoritmo
Marx reveló el encubrimiento de las relaciones laborales. Ahora, este fenómeno adquiere una nueva forma. Los dispositivos digitales ocultan el ejercicio del poder y la acumulación de riqueza, sugiriendo que todo es fluido y sin fricciones; por lo tanto, no hay nada que discutir.
Por Reynaldo Aragón y Wagner de Lara Machado
El mundo que fue hecho para parecer inmaterial
Existe una sofisticada mentira en la forma en que el mundo contemporáneo se presenta. Todo parece ligero, fluido, inmediato. La experiencia digital se ofrece como transparencia. Interfaces sin fricciones, respuestas instantáneas, atajos. La sensación predominante es la de un mundo que se autoorganiza, como si la materialidad hubiera sido superada.
Pero esta ligereza se produce.
Lo que parece inmaterial es resultado de una operación histórica concreta. Las plataformas, los sistemas de recomendación y las arquitecturas de interfaz se diseñaron para reducir la fricción entre el sujeto y el mundo. Lo que desaparece no es solo el esfuerzo. También desaparece el intervalo en el que surgen la duda, la comparación y el conflicto interno.
Esta operación depende de una sólida base material, alejada del ámbito de la experiencia inmediata. La infraestructura técnica, las cadenas de producción, la energía, la minería, la mano de obra distribuida y el mando corporativo sustentan lo que parece fluidez. Nada de esto ha desaparecido; simplemente se ha desplazado fuera de la percepción.
Marx ya había demostrado que, en forma de mercancía, las relaciones sociales tienden a manifestarse como relaciones entre cosas. El fetichismo no borra la materialidad; la reorganiza para ocultar sus determinaciones. En la actualidad, este proceso se está profundizando. No es solo la mercancía la que oculta el trabajo; es la experiencia misma la que oculta sus condiciones de producción.
Este es el cambio decisivo. En el capitalismo industrial, la alienación podía ubicarse dentro del espacio de producción. Hoy, impregna la forma en que se percibe el mundo. No se trata solo de ocultar el trabajo, sino de organizar la experiencia de tal manera que este ocultamiento ni siquiera parezca un problema.
El resultado es un mundo sin resistencia aparente. Cuando todo se presenta como un flujo continuo, desaparece la percepción de que haya algo que disputar. El mundo deja de vivirse como una construcción histórica y comienza a experimentarse como un entorno dado.
Darle materialidad a este escenario no significa reducir la experiencia a la técnica. Significa revelar que lo que parece espontáneo es producido, que lo que parece ligero está sostenido por estructuras pesadas y que lo que parece natural es el resultado de relaciones de poder.
Marx en el siglo XXI: Rescatando el materialismo de la niebla digital.
Si el mundo se presenta como ligero e inmaterial, el gesto teórico necesario no es abandonar a Marx, sino retomarlo sin concesiones. No como referencia, sino como método.
El capitalismo no se ha vuelto inmaterial. Se ha vuelto menos visible.
La digitalización de la vida social no ha disuelto el capital. Ha ampliado su alcance y perfeccionado sus formas de ocultamiento. Lo que ha cambiado no es la estructura, sino la apariencia. Y es precisamente contra esta apariencia que el método de Karl Marx conserva su poder.
Marx nunca aceptó el mundo por lo que aparenta ser. Su crítica parte de un principio simple y radical: las formas sociales ocultan las relaciones que las producen. Una mercancía no es meramente un objeto; es una relación social condensada. El fetichismo consiste en hacer desaparecer esta relación en apariencia.
El capitalismo algorítmico implica extracción de datos, predicción de comportamiento, plataformas, propiedad de infraestructura, publicidad programática, modelos de recomendación y mercados de atención. En el capitalismo algorítmico, por lo tanto, el mecanismo descrito por Marx se profundiza. Las relaciones dejan de ser meras cosas y comienzan a ser experiencias. La interfaz reemplaza al objeto. El flujo reemplaza a la estructura. La personalización reemplaza la determinación. El sujeto no solo consume; experimenta.
Y es precisamente ahí donde la crítica encuentra su mayor dificultad.
Porque lo que se interioriza no es solo el producto, sino también la forma social. La experiencia se presenta como propia, como una elección, como una expresión individual. Lo que desaparece es el hecho de que esta experiencia estaba previamente organizada.
Reivindicar el materialismo en este contexto implica situar el problema en su terreno real. Detrás de la experiencia personalizada se esconden infraestructuras, modelos de negocio, regímenes de propiedad y formas de mando. La era digital no inaugura un espacio neutral, sino que reorganiza, a una nueva escala, las mismas relaciones de poder.
Pero este rescate requiere desplazamiento.
Si la crítica clásica se centraba en la producción industrial, hoy debe adaptarse a la expansión del capital en el ámbito de la experiencia. La atención, la comunicación, el ocio y la subjetividad se integran en el circuito de valorización. El capital ya no se limita a la fábrica; estructura la vida cotidiana.
Es en este punto donde la lectura de György Lukács cobra relevancia hoy en día. La reificación ya no se limita al mundo exterior, sino que impregna el campo mismo de la percepción. Lo que se naturaliza no es solo la relación social, sino también la forma de experimentarla.
Por lo tanto, rescatar el materialismo no es un gesto académico. Es una postura.
Esto significa que, incluso cuando todo parece fluido, existe una estructura.
Incluso cuando todo parece una cuestión de elección, hay determinación.
Incluso cuando todo parece experimental, hay producción.
Una producción que no ha desaparecido. Simplemente ha pasado de moda.
De la alienación de primer orden a la alienación de segundo orden
La teoría de la alienación de Karl Marx sigue siendo el punto de partida, pero ya no es suficiente. En su formulación clásica, el trabajador se aliena del producto, del proceso y de sí mismo. Lo que produce se vuelve autónomo y lo confronta como una fuerza externa. La alienación es material, concreta y localizada.
Esta estructura se mantiene. Pero ya no es suficiente.
En el capitalismo algorítmico, la alienación no comienza con el producto, sino antes. No se trata solo de lo que el individuo hace y que escapa a su control, sino de las condiciones bajo las cuales percibe, desea y decide, las cuales son organizadas por estructuras externas.
Es este desplazamiento el que define la alienación de segundo orden.
Si la primera separaba al trabajador del mundo que producía, la segunda lo separa de las condiciones a través de las cuales ese mundo se hace perceptible. La experiencia deja de ser un terreno relativamente abierto y se estructura mediante sistemas que operan antes de la conciencia. El sujeto continúa actuando, pero dentro de un horizonte previamente configurado.
La alienación de segundo orden puede definirse como el proceso por el cual los sujetos se separan no solo de los productos de su actividad, sino también de las condiciones sociotécnicas que organizan su percepción, atención, deseo y toma de decisiones.
Esta configuración es técnica y está en constante evolución.
Las plataformas, los algoritmos de recomendación y las interfaces adaptativas no solo muestran contenido. Definen la relevancia, anticipan intereses y estabilizan trayectorias. Lo que aparece y lo que desaparece no es fortuito; se produce.
El efecto es directo. El intervalo entre estímulo y respuesta se comprime. La decisión no desaparece, pero se acorta. La duda no se resuelve, se evita. El mundo se presenta como una secuencia de opciones obvias.
Y es en este punto donde la alienación se intensifica.
Porque lo que se experimenta como autonomía puede ser la forma más eficaz de limitarla. El individuo elige, pero elige dentro de un marco estructurado. La libertad no se suprime, sino que se enmarca.
Este proceso, a una escala diferente, retoma la crítica de Herbert Marcuse a la reducción de la negatividad. La diferencia radica en que ahora esta reducción se operacionaliza. Los sistemas ajustan continuamente el entorno para reducir la desviación y estabilizar las respuestas.
La alienación de segundo orden no reemplaza a la primera, sino que la profundiza.
El trabajador permanece separado del producto. Pero ahora también se distancia de las condiciones que le permitirían reconocer esta separación. La consciencia deja de ser simplemente un espacio para la mediación crítica y se integra parcialmente en el mismo mecanismo que la limita.
El resultado no es un recipiente vacío. Es un sujeto que siente, piensa y decide dentro de un campo progresivamente estructurado por lógicas que no controla y que, a menudo, ni siquiera percibe.
Nombrar este proceso lo hace visible.
Porque su fuerza reside precisamente en no presentarse como una ruptura, sino como una continuación silenciosa de la experiencia cotidiana misma.
Fricción cero: la ideología de la fluidez como forma de poder.
La ausencia total de fricción se vende como progreso. Menos esfuerzo, más velocidad, decisiones más rápidas. Interfaces que eliminan obstáculos y hacen que todo fluya. La promesa es simple: hacer la vida más fácil.
Pero esta promesa conlleva un ejercicio de poder.
La fricción no es simplemente un problema técnico. Es una condición de la experiencia. Es en la fricción donde el sujeto duda, compara y reflexiona. Es en el intervalo entre el estímulo y la respuesta donde se forma la decisión. Al eliminar este intervalo, se elimina no solo el esfuerzo, sino también la........
