Guerra nuclear neutralizada y al servicio del Decrecimiento
El decrecentismo se encuentra en un callejón casi sin salida. Para desbloquearlo, debemos despertar el miedo al subestimado peligro de extinción a cuenta de la guerra nuclear, que se disparará con el colapso del capitalismo. Si tuviese razón, esta podría ser la clave principal para salvarnos (si no se me condena al papel de Casandra). Así que esto no trata de un asunto menor, sino existencial.
Si no quiero repetirme y aburriros, para la cabal comprensión de este artículo sin malinterpretaciones, pudiera ser imprescindible la lectura del previo “Crisis latente. Carta Abierta al movimiento por el Decrecimiento” (1-7-2026) https://kaosenlared.net/crisis-latente-carta-abierta-al-movimiento-por-el-decrecimiento/ .
Este artículo tiene, hasta los Recursos, 8.056 palabras, y se extiende en 12 páginas. Sus secciones son: I.- El Mito del Progreso. Un muerto-viviente que mata. II.– Decrecimiento ¿condenado al rechazo y al fracaso?. III.- Una mirada al pasado, que nos inspire para el futuro. El “lado bueno” de las guerras. IV.- Una llave de judo político-militar. Transformar un obstáculo total (la guerra nuclear) en un trampolín para del decrecimiento. V.– De solo existir ahora el arsenal convencional, y no haber lugar para el desarme nuclear, podría irle peor al decrecentismo. VI.– ¿Disuasión nuclear o promoción de la guerra nuclear?. El timo del mito. VII.- No basta con conocer la clave, hay que saber gestionarla. VIII.- La Guerra Nuclear y el despertar de la juventud popular, a favor del decrecimiento. IX.- ¿Qué implicaciones prácticas tiene esto?. X.- No confundamos nuestros deseos con la realidad. La mirada del extraterrestre. Notas. Recursos para iniciarse o explorar habitualmente.
I.- El Mito del Progreso. Un muerto-viviente que mata.
Vivimos bajo el espejismo del Mito del Progreso que, vista la catástrofe a la que nos está conduciendo, se parece mucho a la estafa del famoso “sueño americano”. Para no extenderme, os remito a varios excelentes artículos al respecto (NOTA 1).
Me parece muy bien recurrir al simbolismo de la mitología y a la crítica de los mitos subyacentes, porque tienen también la ventaja de formar relatos, con sus imágenes, dramatismo, etc., que ayudan a anclar unas ideas de fondo que pueden ser complejas.
Pero creo que no tenemos tiempo ni posibilidades para forjar una mitología alternativa positiva, que eche raíces a nivel de masas multitudinarias, como sí que ocurre todavía con el mito del Progreso, y capaz de contrarrestarlo. Como dice Vicente Gutiérrez Escudero, a lo sumo, elaboraríamos mitos de transición en el periodo de lucha hasta la sociedad que buscamos, que será la que creará sus propios mitos. Porque aunque quiebre el mito del Progreso, se mantendría el de, llamaríamos, Mito del Retroceso Mínimo: “podemos estar menos mal que los demás (a su costa)” del capitalismo en colapso y “caníbal”. Que sería la resultante (antes de caer en el nihilismo autodestructivo) de la contradicción entre los mitos, complementarios, del progreso y el protomito del “colapso” (versión burguesa del colapso, poco probable, o irreal, acrítica al capitalismo e impotente), que explica Gutiérrez.
II.-Decrecimiento ¿condenado al rechazo y al fracaso?.
Creo que las previsiones muy severas (Carlos de Castro, Manuel Casal, Pedro Prieto, Jorge Riechmann, etc.) del declive económico y de la complejidad social, a causa del colapso del capitalismo y de la civilización industrial, lleva al DECRECENTISMO A UN CALLEJÓN POLÍTICO CASI SIN SALIDA. Esto no me preocuparía si no fuese porque, mucho me temo, esas previsiones, aunque no coincidan totalmente entre sí, están todas en una horquilla que me parece muy probable que se de, frente a la versión de un decrecimiento suave, optimista, que no comparto. No explico más, os remito mi artículo del 1-7-2026 https://kaosenlared.net/crisis-latente-carta-abierta-al-movimiento-por-el-decrecimiento/ .
Lo haría prácticamente inviable: la dinámica del capitalismo (incompatible con el decrecimiento), la inercias culturales y políticas de esta civilización, el cálculo cortoplacista y estrecho de miras de las masas, y el factor tiempo.
No hace falta detenerse en los dos primeros factores y el último. Sí en cuanto al cálculo cortoplacista y estrecho de las masas. Pues, en el balance de pérdidas/ganancias, pareciera que sale mejor aguantar y permitir que vaya pasando el tiempo (perdiéndolo) a ver si, en tanto, mejora la cosa o no nos va tan mal (aunque sea a costa de otros pueblos y futuras generaciones), que lanzarse a la “aventura” de una revolución social de una profundidad como jamás se ha conocido, con los enemigos más formidables que nunca se haya tenido, y con grandes pérdidas inmediatas (así serían sentidas las renuncias a un estilo de vida insostenible) y grandes convulsiones económico-sociales, para colmo, sin una victoria final asegurada.
Además, que un país tomase la iniciativa en un decrecentismo consecuente, de entrada, supondría muchos sacrificios, y aumentaría su vulnerabilidad, al ser otros los que aprovecharían esos recursos a los que se ha renunciado, para hacerse más acaparadores y fuertes (militarmente), por lo que también podrían acabar con la resiliencia supuestamente ganada por el país precursor. Por tanto, hay muy pocos incentivos para esa vía.
Nos enfrentamos a una problemática planetaria multifacética y compleja que debería llevarnos a cuestionar las raíces de nuestra civilización. Pero atrapados en la dinámica capitalista y de sus Estados burgueses, no somos capaces de actuar colaborativamente como Humanidad, sino como Estados, naciones, clases sociales, individuos, con miradas estrechas e intereses en grave conflicto.
Y en esa tesitura de bloqueo del decrecentismo, casi como salida de la nada, se nos podría colar la guerra nuclear que acabase con todo en 24 horas. ¿Por qué?.
La perspectiva de un declive extremadamente severo (su celeridad o hasta dónde se pueda caer, aunque fuese lento), empujará a acaparar los recursos energéticos, minerales, agrícolas, etc., en declive, y esto llevaría, inevitablemente, al choque entre naciones, Estados burgueses, y de ahí, las guerras.
Antes de que se agotasen los recursos, y de consumirlos en una prolongada guerra convencional o estado crónico de guerras (para las que se necesita también el disciplinamiento de la población), dispararía la tentación de recurrir al armamento nuclear para eliminar, cuanto antes, a los competidores y acaparar los recursos declinantes. Como es evidente, esto bloquearía totalmente la ruta al Decrecimiento socialmente justo, pues podría conducirnos incluso a la extinción, pese a la fantasías militaristas (estimuladas por la desesperación) de ganar con costes asumibles.
De modo que el Decrecimiento, sobre todo si debemos descender muchísimo, lo tiene prácticamente imposible con la gente, pues no lo aceptaría. Y además, la negación y la resistencia, nos llevaría a las derivas belicistas, que podrían hacerlo totalmente inviable.
Estas tendencias son poderosísimas, y no hemos desarrollado recursos estratégicos y tácticos para resistirlas y, menos, vencerlas. ¿Quién dijo que iba a ser fácil?.
III.- Una mirada al pasado, que nos inspire para el futuro. El “lado bueno” de las guerras.
Podemos comprobar cómo las guerras han estado asociadas a grandes cambios sociales, muchas veces progresistas (para agilizar la lectura, la exposición, en la NOTA 2). En las masas, la guerra (sobre todo perdiendo o con una derrota “¿para qué tanto sacrificio?”) puede llevarlas a pasar, de la estupidez patriotera, a la lucidez y la rebelión.
Las grandes crisis económicas, por sí solas, no parecen suficiente motivación para lanzarse a una revolución. Se diría que hace falta un coste mayor (el de las vidas humanas en un guerra capitalista) para arriesgarse a sufrir grandes costes (con una revolución y una posible guerra civil provocada por la clase dominante en declive), pues “si hay grandes probabilidades de morir, que sea por algo que nos convenga y suponga una mejora en comparación con no hacerlo”. Con el colapso, la “crisis” económica, de entrada, con ese cálculo cortoplacista de pérdidas/ganancias, invitará a sumarse al capitalismo “caníbal” en competencia con otros, más que a tomar la ruta decrecentista (exigirá, no nos engañemos, una revolución contra el dominio del capital y su Estado).
Entonces ¿hay que apostar por una guerra para que las masas escarmienten y espabilen?. Las posibilidades de renunciar a la guerra se reducen cuando supone condenarte a un mayor declive (porque renuncias a evitarlo a costa de otros; porque otros pueden evitar su declive, a tu costa), así que el escarmiento es improbable, aunque se pierda en la apuesta, pues no se habría visto otra opción mejor; y los ganadores pensarían que los sacrificios habían valido la pena (para ellos, no los caídos; “el muerto al hoyo, y el vivo al bollo”). Una guerra generalizada, y nuclear, no daría esta vez opción a nada positivo, dada la corrupción de las conciencias y su destructividad material. No podemos esperar al Armagedón, fantaseando que podríamos hacer la revolución decrecentista en condiciones apocalípticas.
Pero ¿hay alguna manera de aprovechar el escarmiento por una guerra, pero sin sufrirla?.
IV.- Una llave de judo político-militar. Transformar un obstáculo total (la guerra nuclear) en un trampolín para el decrecimiento.
Si no queremos caer en la desesperación, el derrotismo, debemos explorar todas las posibilidades para evitar este curso histórico letal.
Así que me pregunto ¿cuál puede ser el principal punto débil del sistema, que nos permita desbloquear la situación a nuestro favor?.
Habitualmente, un punto débil, suele ser evidentemente un punto débil, y no el punto más fuerte del enemigo, el que resulta más letal. Así, en una batalla, el punto débil del enemigo suele estar en un flanco, o en la retaguardia, no donde se concentra su principal potencia de fuego, defensiva u ofensiva. De ahí tantísimas tácticas militares a lo largo de la historia, para aprovechar esa debilidad y vencer. Por eso es posible debilitar un punto fuerte sin necesidad de que todo dependa del choque frontal contra él. Así pudiera ser, por ejemplo, si se consiguiese interrumpir lo suficiente el suministro de municiones, combustible y alimentos a ese punto fuerte. En tal situación, si han apostado demasiado a ese punto fuerte (“poner todos los huevos en la misma cesta”), el punto se habrá convertido en un punto débil, apenas les quedarán otros recursos, y la capacidad militar se hundirá. Ello permitiría a las tropas oponentes, el ataque en mejores condiciones y el avance desbordando ese frente.
Los vietnamitas no derrotaron a los norteamericanos por una mayor potencia de fuego (no disponían de aviación, etc.), ni por causarles enormes bajas materiales y humanas (ínfimas, sobre todo en comparación con las vietnamitas), sino porque debilitaron su retaguardia. Pero no a base de ataques militares (no en los EEUU), sino porque, gracias a su impresionante resistencia, cortaron su principal fuente de suministros en los EEUU, que no era de municiones, combustible y alimentos (sobraban), sino la legitimidad de la guerra. Ese era su punto débil. La victoria moral y política fue lo decisivo. A partir de ahí, el avance vietnamita acabó siendo imparable porque toda la gigantesca potencia de fuego norteamericana desapareció. Dicho esto, sin entrar en otras consideraciones.
Nosotros no vamos a enfrentar el armamento nuclear con otro similar. Le vamos a cortar su principal fuente de suministro, que es política. Eso nos podría librar de él (desmantelamiento, pérdida de la oportunidad de golpe definitivo por sorpresa, por tener una crisis política), y permitiría el avance de nuestras fuerzas decrecentistas.
Paradójicamente, al obstáculo absoluto al decrecimiento, a nuestra peor amenaza (la de la extinción en la guerra nuclear), si activásemos el MIEDO a eso A TIEMPO (véase la argumentación en mi artículo previo), podríamos darla la vuelta y convertirla en el punto débil del sistema, nuestro mejor recurso para deslegitimarlo, desbloquear la marcha del decrecentismo y asegurarnos la supervivencia. Como quien hace una llave de judo aprovechando la fuerza y el impulso del oponente, para derribarlo, y así volverlo contra él.
Si, de continuar con el capitalismo, el futuro más probable no es la pobreza, y la guerra sin más, sino la extinción generalizada (“invierno nuclear”), eso puede ser un gran incentivo para rebelarse contra el sistema, sobre todo cuando deberías tener una larga vida por delante (los jóvenes). Ante una guerra convencional, todo el mundo fantasea con que quienes morirán serán otros, y él sobrevivirá para disfrutar de las ventajas de la victoria, o al menos, de la oportunidad de levantar cabeza tras la derrota. Por eso, el miedo a la guerra convencional no será suficiente para impedirla, pero el miedo a la guerra nuclear y la extinción, sí puede frenarla e impedirla, porque las posibilidades de sobrevivir como ganador o como perdedor se pueden reducir a cero. El incentivo no estará en la preocupación por otras especies, si eso no afectase directamente a la nuestra y en altísimo grado, y menos el amor a Gaia (solo otra Humanidad será capaz de llegar a eso, no esta).
El miedo es un recurso que el capital explotará al máximo en su beneficio (miedo a la pobreza con el declive -“renunciar a nuestro estilo de vida (insostenible)”-, miedo a los inmigrantes y refugiados, otros pueblos, miedo a que nos aplasten militarmente, etc.; ya lo están haciendo en la UE con el miedo a Rusia; véase mi artículo https://kaosenlared.net/miedo-fascismo-y-colapso-del-capitalismo/ ). Es necesario luchar contra esos miedos funcionales al capitalismo, también con un miedo mayor que lo cuestione: el de la guerra nuclear y la extinción provocada por el capitalismo. Pero la activación de ese miedo, debe hacerse desde ya (por estrategia, gestionando adecuadamente el factor tiempo, explicada en mi artículo previo) y antes de que la desesperación nihilista, lleve a muchos frustrados, al deseo de acabar con todos y con todo, y vean en la guerra nuclear, el medio más rápido y seguro.
Y la guerra nuclear no es una especulación, ni simple prospectiva de algo inusual (NOTA 3), sino realidad e historia oficial imposible de negar, pues tenemos el doble precedente de Japón (bombas “de juguete” comparadas con las actuales termonucleares, de hidrógeno -fusión nuclear-, con los misiles hipersónicos, de trayectoria variable, y con múltiples ojivas nucleares), la Guerra Fría, la crisis de los misiles de Cuba en 1962, la caída (5 de febrero de 2026) del último acuerdo que limitaba la carrera armamentística nuclear (tratado Start III), los estudios científicos sobre sus consecuencias (“invierno nuclear”, etc.).
La causa capitalista del calentamiento global todavía se puede enmascarar en la “inevitable” genérica “actividad humana”, pero el armamentismo nuclear obedece a clarísimas y evitables decisiones político-militares. El sistema promueve a los puestos más altos de responsabilidad y poder económico, político y militar, a narcisistas malignos y a psicópatas. Y en la desesperación general, la tentación nuclear será mayúscula, quedando las decisiones en “humanos” como esos. Surgirán muchos “Truman” (presidente de los EEUU que ordenó el lanzamiento innecesario de las dos bombas sobre Japón), y “Hitler” que, esta vez sí, tendrá el arma nuclear que entonces no consiguió. Entramos en un tiempo en el que la mayores monstruosidades serían posibles.
Este (la guerra nuclear), que es su punto político-militar más poderoso, es, a la vez, si sabemos explotarlo, el ESLABÓN DÉBIL que nos permitiría controlar la cadena, dar espacio y posibilidades de largo recorrido y escalada a las propuestas prácticas decrecentistas, en lugar de exponerlas a su ahogo (tomar las masas la opción por el capitalismo “caníbal”) y su derrumbe (guerra, guerra nuclear).
V.- De solo existir ahora el arsenal convencional, y no haber lugar para el desarme nuclear, podría irle peor al decrecentismo.
Si no hubiese existido nunca el arma nuclear (no se hubiesen lanzado dos sobre Japón, ni la carrera nuclear durante la guerra fría, etc.), con perspectivas de declive energético muy severo, seguramente iríamos a una III GM o a una cadena de guerras (“guerra........
