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El mostrador de la inclusión

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11.10.2026

Tras el cristal, el dulce me llamó. Era uno de esos mediodías ardientes en que uno apura el paso para llegar a casa y encontrar consuelo en un vaso de agua. Recordé a mi abuela, su antojo perenne por los dulces, porque los abuelos llegan a un momento en que se parecen a los niños.

—Hola, ¿qué precio tiene? —le dije a un muchacho tras el mostrador, señalando al piquinini de siempre. De inmediato se puso de pie, me dio la mano, me comentó detalles y sacó tres piezas para que yo eligiera. Le conté de mi abuela y su caprichito, de lo mucho que le gustan y lo contenta que se pondría cuando le llevara el regalito. Entonces, cómplice, me dijo:—Te recomiendo este: es el más grande y el más bonito.

No indagué su nombre. Me bastaron sus maneras lindas para convencerme de que ese muchacho en situación de discapacidad intelectual merecía aquel puesto, porque su dulzura emulaba la de los dulces que promovía.........

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