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Cortesías con trampa

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21.09.2026

Una calle de Benidorm llena de gente en una imagen de archivo. / David Revenga

Hay frases que llegan envueltas en papel de regalo y, cuando una las abre, se encuentra una piedra. Las decimos todos. Las escuchamos a diario. Y funcionan precisamente porque tienen buena pinta: parecen educadas, razonables, incluso cariñosas. Pero a veces la cortesía es simplemente una manera elegante de lavarse las manos.

Empecemos por la reina del género: «Si alguien se ha sentido ofendido, pido disculpas». Parece eso, una disculpa, pero hay que desmontarla despacio. Ese condicional deja en suspenso la ofensa, como si todavía estuviera por demostrar, y ese «alguien que se ha sentido» convierte el problema en una cuestión de sensibilidad ajena. No lamento haber dicho algo hiriente: lamento que tú te lo hayas tomado así. Una disculpa de verdad es bastante más corta y bastante más incómoda: «Me equivoqué. Lo siento».

Muy cerca anda «En mi humilde opinión», que rara vez anuncia algo humilde (suele provenir de auténticos pavos reales). Es abrir la puerta a una sentencia........

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