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La responsabilidad del Consell y la de los sindicatos

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06.06.2026

Profesores protestando frente a la Conselleria de Educación, durante la huelga indefinida / Jose Navarro

Mucho antes de que Trump pusiera el mundo patas arriba; antes incluso de que la desregulación salvaje iniciada en los años 80 del siglo pasado por Reagan y Thatcher acabara en 2008 desencadenando lo que llamamos la Gran Recesión, cuyas consecuencias seguimos sufriendo y están en el origen del auge de los populismos; antes de todo eso, digo, el sociólogo Colin Crouch acuñó en 2004, cuando todavía éramos, al decir de García Márquez, “felices e indocumentados”, el término “posdemocracia”, anticipándonos el peligroso ciclo de retroceso en derechos y libertades, recorte del Estado de Bienestar, empobrecimiento de amplias capas de la sociedad e inestabilidad a escala global que se nos venía encima.

Crouch, al que desde la publicación de su ensayo vuelvo una y otra vez, define la posdemocracia como una nueva etapa, en la que el sistema democrático es vaciado de contenido desde su interior: las instituciones que lo conforman y los derechos de ciudadanía que lo sustentan aparentemente se mantienen, pero sólo son un trampantojo. Citando sus propias palabras: “Una sociedad posdemocrática es aquella que sigue teniendo y utilizando todas las instituciones de la democracia, pero en la que se convierten cada vez más en una cáscara formal. La energía y el impulso innovador pasan de la arena democrática a los pequeños círculos de una élite económica”. ¿Les suenan de algo Musk, Zuckerberg, Bezos, Altman y compañía? Pues cuando Crouch publicó en 2004 “Posdemocracia” (y mucho menos cuando lo escribió y empezó a destilar en conferencias y papers sus reflexiones, cuatro años antes) aún no sabíamos hasta qué punto se estaba conformando una nueva aristocracia, la de los tecnoligarcas, que entonces sólo parecían unos niñatos y que, paradójicamente, si hoy todavía no han impuesto hasta sus últimas consecuencias sus postulados no es por la resistencia de la sociedad ni de las democracias consolidadas, sino por la competencia de autócratas como el ya citado Trump, pero también Putin, Xi Jinping y hasta Milei, que se apoyan en ellos, les benefician y siguen en muchos casos sus objetivos, pero no quieren de ninguna manera cederles la manija. Crouch sí lo vio, y aunque en el desarrollo de sus argumentaciones pueda haber muchos puntos discutibles, ese es su mérito.

Viene todo este exordio al caso porque, si Crouch advierte de algo, es de que ese proceso de vaciamiento de la democracia comparece siempre precedido de una condición original necesaria: la del desprestigio y deterioro de dos de los pilares fundamentales del Estado del Bienestar: la Educación y la Sanidad públicas. En los dos casos, primero........

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