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La Política de las casas vacías

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tuesday

Viviendas turísticas en el centro de Alicante. / Pilar Cortés

La primera casa desapareció un martes. No se derrumbó ni fue demolida. Simplemente se levantó de sus cimientos y caminó hasta el ayuntamiento. Allí se instaló frente al despacho de Urbanismo, con las persianas bajadas y la puerta abierta. Nadie entendió lo sucedido hasta que una anciana reconoció las cortinas de su dormitorio.

Era la casa de la que acababan de desahuciarla.

Al día siguiente llegaron otras. Algunas arrastraban muebles; otras, fotografías, juguetes o el olor de las comidas familiares. Se amontonaron frente a bancos, inmobiliarias y sedes de fondos de inversión. No protestaban. Permanecían inmóviles, esperando que alguien les devolviera las vidas que les habían arrebatado.

Aquella insólita rebelión inmobiliaria no figuraba en ningún programa electoral. Tampoco en los informes económicos que celebraban la rentabilidad del mercado. Las viviendas habían descubierto algo que sus propietarios parecían ignorar: una casa sin personas puede conservar su precio, pero pierde su sentido.

David Uclés, autor de La península de las casas vacías, posiblemente hubiera sabido explicar aquel prodigio. Yo prefiero pensar que las casas se cansaron de contemplar cómo quienes decían defender el derecho a la vivienda permitían convertirlo en un privilegio.

Porque aquellas casas no estaban vacías. Habían sido vaciadas. Por desahucios,........

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