Y es que no lo podía dejar pasar
Una arroz a banda cocinado en la típica paella. / INFORMACIÓN
Últimamente me ha dado por irme a andar allá por el canal, vamos, una idea loca y sin sentido que hasta la fecha lo que me ha reportado es un dolor de rodilla, una quemadura en la calva y sudar a chorro vivo. Ahora bien, a pesar de estos inconvenientes insoslayables, para ser justo, he de reconocer dos cosas: una, que lo mejor de esta actividad insensata es cuando terminas y te duchas; y dos, que entre los jadeos, el recuperar el resuello y el evitar que me pegue un parraque, me permite pensar en cosas en las que de ordinario no suelo reparar, como por qué la gente lleva chanclas con calcetines, qué necesidad hay de ponerle papaya a la sangría y por qué la gente celebra el verano con una paella, vamos, lo que se viene conociendo como «las paellas d’estiu».
Es indudable e indiscutible, y así lo dicen los antropólogos y mi vecina Vicenta, que de joven vendía calcetines y ropa interior en el mercadillo de la Plaza de Barcelona, que todo acto que se precie para convertirse en acontecimiento o celebración tiene que tener su liturgia, es decir, un conjunto de ceremonias, ritos o actos solemnes que lo entronicen y que ineludiblemente se repitan en la misma fecha y en el mismo orden. Así ocurre con los Premios Princesa de Asturias, con la Apertura del Año Judicial, con la representación del Misteri, con la llegada de los Reyes Magos y, cómo no, con el verano, que es la estación del año que tiene más flow, de tal forma que, podemos ponernos como queramos, pero no hay verano si no existiera el Gran Prix, si no hubiera sangría y tinto de verano La Casera, si no existiera la paga extra, el Frigopie, las vacaciones, los chiringuitos y el espectáculo de cocinar una paella, porque en España la paella no es una receta, qué va, es más bien una religión en la que hay más cismas que en varios siglos de historia eclesiástica: si lleva chorizo, anatema; si lleva cebolla, herejía; si lleva piña, intervención internacional inmediata de los cascos azules de la ONU.
Todos los años, en cuanto llega julio, cada familia saca del garaje una paellera del tamaño de una plaza de toros, da igual que vivan cuatro personas: el objetivo nunca es alimentar a los presentes, sino preparar suficiente arroz como para abastecer a una expedición científica en la Antártida. El encargado de la paella suele ser un señor con bigote que durante el resto del........
