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Me aburro del algoritmo

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15.03.2026

15 de marzo 2026 - 07:00

Me aburro del algoritmo. Cuando me enfrento al catálogo de Netflix para ver una película o una serie me canso de mí mismo. Todas parecen iguales, empezando por esas policíacas que destacan por sus tramas oscuras y detectives atormentados. Al final te pasas media hora navegando sin saber qué elegir. Al principio fue como tener el cine en casa: Breaking Bad, Dexter, Stranger Things... Pero ha sido tal el atracón, que ahora se perciben las propuestas uniformadas, cortadas por el mismo patrón y carentes de alma. Como esos vídeos de TikTok en bucle que sólo te ofrecen más de lo mismo porque se supone que tú lo has querido. Qué tiempos en los que te sentabas frente al televisor a ver si con suerte daban una de John Ford. Ahora lo queremos todo tan mascado que no salimos del mismo menú. Las plataformas han detectado el hartazgo y buscan la fórmula para sorprendernos. Podrían eliminar nuestro rastro de navegación para dejar de ofrecernos sólo lo que ya hemos consumido. Hay dos tipos de películas: las buenas y el resto. Pero que te guste Cuando Harry encontró a Sally no significa que quieras empacharte de comedias románticas. Esta película americana escapó de los clichés machistas en que se instalaba la mayoría, pero esto el algoritmo no sabe distinguirlo, no tiene capacidad crítica, y el arte no se produce como rosquillas.

Las perversas cookies se limitan a recopilar información sobre nuestros gustos para ofrecernos contenidos con los que girar sobre nosotros mismos. Su uso extendido marca las tendencias de moda, los viajes y los platos que triunfan en un restaurante. También los políticos han caído en sus garras. Sólo unos pocos se atreven a lanzarse por sí mismos antes de hablar en público sin red. La mayoría se deja influir por los algoritmos para decidir el discurso adecuado y cuándo mostrarlo en las redes. Todo se basa en los likes, los comentarios y las publicaciones que visitamos. Y al igual que con tantas películas y series, resultan tan previsibles como parecidos. Si al menos escribieran artículos de pensamiento, si supiésemos qué opinan sobre los desafíos del presente y las recetas para abordarlos, conectarían de verdad. Pero el político que pierde la capacidad de asombrarnos es como un mal actor de serie B. La industria del cine antes nos hacía pensar. Ahora por lo visto nos prefieren atontados detrás de la pantalla, viviendo el día de la marmota, para que no sepamos exigir a los líderes un pensamiento propio y crítico ante una sociedad cada vez más desigual y una clase media descreída.

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