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Un dron en mi azotea

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01.04.2026

01 de abril 2026 - 03:07

No quería escribir otra vez de Palestina, de Israel, de la violencia sionista, del genocidio. Los dos últimos artículos que he escrito para este periódico han sido sobre Gaza. Y necesitaba encontrar otros temas que me arañen menos por dentro. He encendido el ordenador, y las noticias empiezan a saltar en la pantalla. El ministro de Seguridad de Israel brindando y repartiendo dulces en el parlamento. Han aprobado la pena de muerte por ahorcamiento para palestinos implicados en terrorismo. Incluidos niños. Pena de muerte para un colectivo concreto. Y lo aplican ellos: víctimas de ese mismo genocidio bajo el nazismo. Se le ve feliz, disfrutón, casi eufórico de poder ejecutar a sus vecinos.

Europa, mientras, medio callada, solícita, tibia en sus condenas, cuando las hay. Estados Unidos cómplice, perversa, arrastrada por el histrionismo de su comandante en jefe. Otros países perplejos: el derecho internacional se desmorona ante nuestras narices, no hay forma de parar esto. El ejército de Israel se muestra orgulloso del horror que despliegan, destrozan hogares, infraestructuras, disparan contra población civil con tranquilidad, mantienes en sus prisiones a miles de palestinos, sometidos a torturas sistemáticas.

Es la muerte que han provocado. Pero sobre todo: es el odio que están sembrando. En todas direcciones. Ahora se ensañan con el Libano. Han roto las fronteras, ocupan territorio sin pudor. Estados Unidos aplaude y financia. Justifica. Miente y esconde las mentiras del socio. Ya ni siquiera se preocupan de hacer creíble las mentiras. Sólo la sostienen, la repiten, la amplifican con sus poderosos medios.

No quería escribir sobre Palestina. Pero en ese territorio se está gestando un cambio de paradigma, una vuelta del mundo tal como lo teníamos construido. La diplomacia ha sido relegada. Priman los misiles, los drones, el terror. ¿Cómo dejar de prestar atención a ese rincón del planeta donde estamos dejando brotar el nazismo de nuevo? Es el mismo monstruo que ya arrasó Europa hace no tanto, y que emerge de manos de las que entonces fueron sus víctimas, parapetadas moralmente en ese papel de víctimas. Pero aquí andamos: tranquilos. Hasta que los drones no empiecen a sobrevolar nuestras azoteas no entenderemos que la guerra también nos estaba buscando a nosotros.

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