menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Fernando Franco, un colega generoso

5 0
05.04.2026

Fernando Franco, en el Casco Vello de Vigo, en una imagen de 2025. | MARTA G. BREA

Generoso es un adjetivo que define a quien comparte con los demás su tiempo, energía, y conocimiento de manera desinteresada, voluntaria y sin esperar nada a cambio. Entre los sinónimos de generoso están: dadivoso, desprendido o franco. Pues parece que Fernando, durante su periplo por este planeta, hizo honor a su apellido a través de una actitud vital que, en todo momento y circunstancia, fue coincidente con ese modo «Franco» de entender la vida. Su trabajo periodístico destila generosidad y empatía a raudales, tanto en las crónicas y columnas literarias de carácter más personal, como en esa ventana diaria que durante tantos años ha dado voz y presencia a miles de personajes anónimos de la ciudad que, de no ser por obra y gracia de Fernando, nunca aparecerían citados ni su imagen impresa, formando parte de las páginas de nuestro periódico decano, en una especie de memoria urbana colectiva.

De pequeño, antes de la mayoría de edad, aún no estaba Fernando en el periódico, trabajé en este diario, primero de auxiliar administrativo y después un poco en los talleres, aprendiendo aquel trabajo analógico de las cajas, las linotipias… Un día, al pasar por la sala de redacción de Colón, de la que Angel Huete tenía mando en plaza, un periodista me hizo la siguiente pregunta: «¿Tú de las dos, que foto meterías, esta en la que aparece un jugador en primer término celebrando el gol del Celta, o esta otra en la que se ve una jugada contra la portería con toda la gente detrás levantando las manos?». Le contesté que sin duda publicaría la del pichichi celebrando el tanto. ¡Pues no!, me replicó aquel periodista de raza. Voy a meter la de la portería. Fíjate bien en ella. ¿Cuánta gente aparece detrás del portero levantando las manos cuando chuta el jugador? Le contesté: «deben ser unas veintitantas personas». Me miró a los ojos y moviendo la cabeza argumentó: «Todas esas personas que aparecen atentas al chute del jugador y elevando las manos detrás de la portería, cuando mañana vean su imagen en el periódico, tanto ellos, como los familiares y amigos que les reconozcan, comprarán el diario. Estos seres anónimos son los que nos dan de comer a tí y a mí, por eso es muy importante saber hacer nuestro trabajo. Así que ya sabes, si ponemos el maravilloso plano corto del jugador, está muy bien y muy bonito, pero no va a tener una repercusión en nuestros lectores como el que se vean ellos mismos representados en cuerpo y alma en las páginas de su diario local.

¿Qué es eso de honrar a Fernando con el título póstumo de «Vigués distinguido» ahora, cuando esa consideración se le debía haber hecho en vida? Estuvo más de dos años enfermo y no hay demasiadas personas comprometidas con la ciudad como él para merecer tal galardón. ¿A qué estuvieron esperando?

¿Qué es eso de honrar a Fernando con el título póstumo de «Vigués distinguido» ahora, cuando esa consideración se le debía haber hecho en vida? Estuvo más de dos años enfermo y no hay demasiadas personas comprometidas con la ciudad como él para merecer tal galardón. ¿A qué estuvieron esperando?

Esta conversación que tuve de adolescente con aquel experimentado redactor del Faro me venía a la mente cada vez que ojeaba el períodico, entraba en el «Mira Vigo» de Fernando y veía la imagen de todos aquellos grupos de personas celebrando un acontecimiento. Estoy seguro de que, como me dijo aquel periodista, ese día cada uno de ellos, así como sus familiares y amigos, compraron el Faro.

Fernando nació y vivió como yo en el centro de la ciudad, cuando Vigo tenía una dimensión humana y todos los chavales de la zona nos conocíamos, sino de juegos sí de vista. Si alguien no era amigo de correrías, cuando te preguntaban por él contestabas: «lo conozco de vista». A Fernando, de niño, sólo «lo conocía de vista» pues cada chaval habitaba y trascendía en su barriada. Después, llegados a la adolescencia todos pasamos a dar vueltas interminables por la calle del Príncipe gastando suela en ese ir y venir obsesivo desde la Marquesina del Flamingo hasta la entrada de la Puerta del Sol. Un ritual obligado que formaba parte del iniciático tanteo inter-género, antes de que aparecieran los guateques y posteriormente las discotecas.

Después de conocernos de vista en la niñez y pubertad, ya en la madurez tuve la dicha de interactuar con Fernando en diferentes momentos vitales. Amigo de sus amigos y como digo, generoso, era un gran conversador dispuesto a sacarle punta a todo. Con rigor, eso sí, pero siempre con una pátina de sorna y humor con el que proyectaba su singular visión sobre cualquier tema que saliera a colación y se pusiera sobre la mesa.

Concello, ya sabéis, a buscar emplazamiento. Me encantará preguntar más pronto que tarde: ¿En dónde vives? y que me contesten: «...en Fernando Franco 19».

Concello, ya sabéis, a buscar emplazamiento. Me encantará preguntar más pronto que tarde: ¿En dónde vives? y que me contesten: «...en Fernando Franco 19».

Estos últimos días todas las personas próximas a Fernando se han volcado en demostrar a través de sus escritos, la amistad, la gratitud y el cariño hacia su figura. Yo voy un poco a rebufo y he esperado a este espacio, mi columna mensual en Faro, para incidir en el recordatorio pero también para reivindicar lo que he escrito en las redes. Tal y como supe de su fallecimiento me pregunté: ¿Qué es eso de honrar a Fernando con el título póstumo de «Vigués distinguido» ahora, cuando esa consideración se le debía haber hecho en vida? Estuvo más de dos años enfermo y no hay demasiadas personas comprometidas con la ciudad como él para merecer tal galardón. ¿A qué estuvieron esperando?

Estoy seguro que Fernando, con la ironía que le caracterizaba, tuvo la ocurrencia de fallecer unos días antes de la Reconquista solo para meter en un brete a la oficialidad local y contemplar desde allí arriba, la improvisación de aquí abajo en el trajín de conseguir colocar a última hora y de forma apresurada su nombre en la lista de homenajeados. Conociendo el espíritu outsider que navegaba por su mente, desde el más allá estará escarallándose de risa con esta movida de última hora. Y, aunque sabemos que a Fernando todo esto le traería al pairo, pienso como muchos amigos, que en justicia se le debería dedicar una calle con su nombre en el centro de la ciudad, con el fin de guardar su memoria y recuerdo para siempre. Así que… Concello, ya sabéis, a buscar emplazamiento. Me encantará preguntar más pronto que tarde: ¿En dónde vives? y que me contesten: «...en Fernando Franco 19».

http://www.xaimefandino.com

Suscríbete para seguir leyendo


© Faro de Vigo