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La tabla periódica en un Bic

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16.03.2026

Una alumna con una tableta / Marta G. Brea

El ingenio no tiene límites a la hora de… copiar. De mi época de estudiante recuerdo a compañeros que eran auténticos maestros en preparar y esconder chuletas, en dar cambiazos en pleno examen —hasta tenían en cuenta la clase de papel: el gramaje, la tonalidad, si era reciclado o no—, en ver por el rabillo del ojo las respuestas del más listo de la clase… En resumen, en hacer lo que fuese para aprobar, menos estudiar.

Y, por lo que acaba de publicar mi compañera Elena Villanueva —que seguro que no era de las que llevaban las fórmulas apuntadas en la palma de la mano a un parcial de mates—, todo sigue igual, solo que digitalizado: con pinganillos, gafas con inteligencia artificial y móviles donde antes había manuscritos minúsculos o bolígrafos tatuados con la punta de un compás.

A ver, que esto no va de «un amigo de un amigo». Siempre me ha dado bastante miedo copiar. Poner cara de póker no es lo mío: me pondría colorado como un tomate. Pero aun así confieso que una vez sí preparé una chuleta, aunque la experiencia no me gustó nada. Se requiere una habilidad casi de orfebre para obtener un buen resultado. Lo cierto es que lo intenté, pero llegado el momento ni siquiera me hizo falta sacarla: ¡me acordaba de lo que con tanto esfuerzo había anotado en miniatura! Mejor así, porque me hubiesen pillado seguro.

La Capilla Sixtina de las chuletas

Aunque en esto del engaño siempre hay genios. Tenía un colega en el instituto que, para no aprenderse la tabla periódica de los elementos químicos, la grabó con aguja en un boli Bic transparente. Era una obra de arte. Los símbolos solo se veían a trasluz, así que nunca supe muy bien cómo hacía en los exámenes. Daba igual: merecía el aprobado solo por el traballiño que tuvo que pasar para plasmar toda aquella información en un cilindro minúsculo. La Capilla Sixtina de las chuletas. Ese boli debería estar en un museo.

Hoy, por lo que cuenta Elena, los chavales tiran de los avances digitales para aprobar sin estudiar. El recurso más habitual: el smartphone escondido. Aunque es fácil que los profesores se den cuenta. Y también se han detectado casos de uso de gafas con IA —esto sí que ya me suena a ciencia ficción, tipo Tony Stark con J.A.R.V.I.S. en Los Vengadores—, pinganillos —para esto se necesita un cómplice, claro— y relojes inteligentes. ¿Por qué será que cuanto más smart es la tecnología, más tonto se vuelve el que la usa?

Al final acabarán poniendo inhibidores de señal para cortar el acceso a internet o volviendo a los exámenes orales, sin posibilidad de consulta ni de «asistencia tecnológica». Quién sabe.

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Pero, si me permiten la nostalgia, al menos en mi época copiar tenía mucho más mérito. Preparar una buena chuleta llevaba tiempo, paciencia y un pulso de cirujano. Había que estudiar… aunque solo fuese para saber qué copiar y cómo reducirlo a letra microscópica. Hoy basta con cargar la batería y pedirle a la IA que piense por uno. En fin…

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