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Consumición mínima: cuando el tiempo y el espacio son oro

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14.03.2026

Cartel advirtiendo de consumición mínima en una cafetería de Vigo. / Alba Villar

El tiempo es oro. Todos de acuerdo, ¿no? Ya lo decía Benjamin Franklin. Pero para los hosteleros, además del tiempo, también lo es el espacio. Solo así se explica la moda —cada vez menos discreta— entre algunas cafeterías y restaurantes de la ciudad de cobrar una consumición mínima para poder tomar asiento y, ya en modo black mirror, vetar los carritos de bebé. Ojiplático me quedé al leerlo. Lo cierto es que la información que publicó ayer Carlos Ponce no tiene desperdicio y resume a la perfección cómo los negocios de hostelería —como ocurre con otros sectores más deshumanizados, tipo industria— han empezado a primar la rentabilidad por encima de todo. Así que apunten: tiempo y espacio son oro.

La verdad es que Ponce nunca deja de sorprender —y, además, es un crack con la pala de pádel— con sus temas, muy de calle, de patear los barrios. Tan pronto denuncia las condiciones leoninas que algunos caseros imponen a sus inquilinos como nos explica mejor que nadie la guerra del taxi contra Uber, el fenómeno okupa o, como en esta ocasión, la exigencia de consumición mínima en la hostelería. 

Recuerdo una práctica muy habitual cuando empecé a salir de noche, hace una vida. Muchos pubs te entregaban una tarjeta de un color al entrar y los porteros no te dejaban salir hasta que la hubieses canjeado por otra distinta en la barra, previo pago de una consumición, claro. Es decir, no podías entrar, echar un vistazo y, si no te gustaba el ambiente, seguir al siguiente local sin apoquinar.

Por supuesto no tiene nada que ver con la consumición mínima de toda la vida, que es válida siempre y cuando se advierta al consumidor antes de acceder. Leo los argumentos de los hosteleros y me pongo en su piel. Pero creo que no es lo mismo un grupo de seis chavales que te ocupan una mesa toda la tarde y se toman dos refrescos, o el típico jetas que pide un café, despliega el portátil y se aprovecha del wifi gratis durante media mañana como si estuviese en la oficina o jugando a videojuegos, que una madre o un padre estresado con su carrito, que no ha dormido ni dos horas la noche anterior, y cuya única válvula de escape es sentarse a tomar algo en el bar de toda la vida. Digo yo: ¿habrá un término medio, no?

El cliente no es el enemigo

Entiendo la presión: alquileres por las nubes, la luz que no para de subir, nóminas que hay que pagar… Los hosteleros no son villanos de película; son gente intentando no cerrar el chiringuito cada mes. Pero ojo: el cliente tampoco es un enemigo a batir. Ese padre o esa madre con ojeras y carrito no viene a arruinar el negocio; viene a respirar cinco minutos antes de volver a la locura. Y esos chavales con dos Coca-Colas que se quedan toda la tarde… pues igual mañana vuelven con amigos y piden raciones, o igual se convierten en clientes fieles durante años. La hostelería, al final, también va de eso: de repetir.

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Quizá el equilibrio esté en comunicar las reglas con empatía, sin sonar a ultimátum; aplicar cierta flexibilidad según el día o la hora; y distinguir —que no es tan difícil— entre quien abusa y quien simplemente necesita una silla. Porque el tiempo y el espacio son oro, desde luego, pero la dignidad y el buen rollo, también.

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