Apretarse el cinturón... otra vez
Panel de precios de una gasolinera de Vigo, esta semana. / Pablo H. Gamarra
Ahora que la macroeconomía —que es como las placas tectónicas de la Tierra: cada vez que se mueven más de la cuenta crean cataclismos que acaba pagando la microeconomía, es decir, nosotros— está en manos de unos veletas caprichosos que gobiernan, se saltan las reglas y toman decisiones según sople el viento —ojalá solo fuera eso—, no nos queda otra que tirar de la experiencia de crisis anteriores para ahorrarnos unos euros. Tampoco es que sea yo un abuelo que haya vivido la Guerra Civil, pero a mis 45 años recuerdo de oídas las consecuencias de las crisis de los ochenta y del 93. Y aún tengo cicatrices del cataclismo financiero de 2008, la pandemia del covid (2020) y la guerra de Ucrania (2022). Así que en cuanto llegaron las primeras noticias de las bombas de EE UU e Israel sobre Irán le dije a mi mujer: «Vamos a llenar el depósito del coche».
Seguro que no fuimos los únicos. Mucho me temo que o Trump y compañía levantan el pie del acelerador —casi sería más correcto decir «quitan el dedo del botón de los misiles»— o nos veremos abocados a una nueva época de precios disparados, ajuste de costes y desplome del consumo. ¿Recuerdan cuando en España se redujo la velocidad máxima en autopista de 120 km/h a 110? Fue en 2011, en la época de Zapatero en la Moncloa, cuando aún estábamos lamiéndonos las heridas de la crisis financiera y en Oriente Medio tampoco estaban las cosas muy tranquilas. Duró apenas cuatro meses por las críticas feroces —se tildó de medida cosmética— y se justificó para ahorrar combustible y, a la vez, reducir la emisión de CO₂ a la atmósfera. Bueno… no diré que no me lo tomo con más calma estos días por autopista para retrasar al máximo la vuelta a la gasolinera.
Afectación al turismo
Pues eso: o esto cambia —y no tiene pinta— o habrá que apretarse el cinturón… otra vez. Me pregunto si este contexto de inestabilidad y conflicto en el que nos quieren meter supondrá un freno al bum turístico al que nos hemos acostumbrado en Galicia y, en particular, en las Rías Baixas y en Vigo. Por ahora, como publica mi compi Patricia Casteleiro, las reservas de hoteles y viviendas vacacionales para Semana Santa aún resisten. Veremos. Porque todo esto coincide con una etapa de aislamiento máximo por tierra —la Autovía de las Rías Baixas se cae a trozos, y no digamos ya la A-55; y seguimos sin AVE a Vigo— y por aire —Peinador está bajo mínimos, sin conexiones internacionales—. No me olvido del «mar»: seguro que habrá cancelaciones de cruceros por la subida de los combustibles, de la que tampoco se salvará el turismo náutico.
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Así que toca desempolvar el manual de supervivencia de andar por casa. Volver a escrutar el precio del litro de gasolina como quien mira el cielo por si llueve, conducir con el pie de plomo levantado —no por ecología, sino por puro bolsillo—, apagar luces y calefacción con el automatismo de quien ya pasó por esto, y planificar la compra y las vacaciones con esa cara de «a ver si cuela». Es decir, anticiparse sin caer en la histeria. Lo único que no cambia es lo de siempre: nosotros apretaremos un agujero más el cinturón… y ellos seguirán apretando botones.
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