Cable chino: La diplomacia de los extremos y el fin de la excepcionalidad chilena. Por Ignacio Imas
Los desencuentros de versiones respecto a los trámites, perjudicaron la posición del Ejecutivo. El uso de redes sociales y cuñas de prensa improvisadas durante su mandato para manejar temas de relaciones internacionales terminó rompiendo con el profesionalismo que históricamente nos caracterizó. El riesgo puede ser alto.
Durante décadas, la política exterior de Chile fue considerada el paradigma de la estabilidad en una región marcada por los liderazgos que buscan sus intereses personales de corto plazo. Su sello distintivo era un pragmatismo institucional basado en el respeto irrestricto a los tratados, la promoción activa del libre comercio, el multilateralismo y un compromiso con la democracia liberal. Esta “excepcionalidad” permitió que un país de nuestro tamaño fuera un interlocutor valorado entre las grandes potencias, logrando acuerdos comerciales que pocos conseguían y sorteando con éxito las mareas ideológicas del vecindario.
Sin embargo, los eventos recientes sugieren que Chile podría estar abandonando su carril histórico para adentrarse en una diplomacia ideologizada.
El reciente episodio de la revocación de visas a funcionarios chilenos por parte de Washington no debe leerse como un hecho aislado o un mero roce burocrático. Es, en realidad, el síntoma de una fricción estructural donde Estados Unidos, bajo el prisma transaccional y poco ortodoxo de Trump, ha dejado de buscar colaboración para exigir lealtad.
La presión de Washington por el proyecto del cable submarino con China demuestra que la “geopolítica de los datos” y las áreas de influencia han vuelto obsoleta la neutralidad comercial. En este nuevo escenario, la desconfianza sobre la infraestructura crítica se convierte en la moneda de cambio, y Chile ha quedado atrapado en un fuego cruzado donde Trump no acepta matices: o se es aliado estratégico, o se es sospechoso.
El gobierno de Boric, en su intento por sostener una soberanía discursiva durante su cuatrienio, pareció ignorar las asimetrías de poder inherentes a nuestra relación con una potencia mundial y terminó atrapado en su propia retórica. Lo que pudo ser una defensa cerrada y cohesionada del interés nacional frente a una “presión indebida” externa, se desmoronó rápidamente debido a la confusión y el desorden interno.
Los desencuentros de versiones respecto a los trámites, perjudicaron la posición del Ejecutivo. El uso de redes sociales y cuñas de prensa improvisadas durante su mandato para manejar temas de relaciones internacionales terminó rompiendo con el profesionalismo que históricamente nos caracterizó. El riesgo puede ser alto, ya que puede deteriorarse la confianza externa en la capacidad de Chile para actuar como un actor serio.
Pero el espejo de esta crisis se encuentra con igual nitidez en la futura administración. La noticia de que el presidente electo, José Antonio Kast, concurrirá a la cumbre convocada por Trump denominada “Shield of the Americas”, en Miami, y a cuatro días de iniciar su gestión, para bloquear la influencia de China en la región, marca un giro radical.
El timing de esta invitación es especialmente peligroso, considerando que el propio Trump se reunirá con Xi Jinping apenas unos días después de dicho encuentro. Si Boric tensionó la relación por una supuesta autonomía mal gestionada, Kast parece dispuesto a cederla en pos de una afinidad ideológica que, en el largo plazo, resulta igual de arriesgada. Este hito marcaría el quiebre con la tradición chilena de “no alineamiento activo”, una política que nos permitió ser socios de ambos gigantes sin sacrificar nuestra soberanía económica y política.
Al plegarse prematuramente a la narrativa del “bloqueo” a China, Kast pone en riesgo la relación con nuestro principal socio comercial. Por otro lado, cuando la diplomacia se convierte en un apéndice de la política partidista, el Estado pierde su capacidad de maniobra y se vuelve vulnerable a las pulsiones del momento.
Chile está rompiendo la regla de oro de los países pequeños: jamás quedar atrapado en el fuego cruzado entre dos gigantes cuando tu economía depende de ambos. Somos un país pequeño, profundamente dependiente de la estabilidad del sistema internacional. Como bien sugiere el manual, un país cuya relevancia es principalmente su estabilidad económica y política no puede permitirse el lujo de las estridencias.
El riesgo al corto plazo es elocuente: parece que estamos transitando de una política de Estado a una de “gobiernos de turno”. Si las administraciones saliente y entrante dejan una relación dañada por falta de pericia, el costo lo pagaremos en el futuro cercano. La política exterior exige hoy, más que nunca, volver a la profesionalización y a una sola voz que defienda los intereses permanentes de Chile por sobre las afinidades circunstanciales de sus mandatarios. Asimismo, la alerta está en dejar de creer que las agendas internas deben permear el trabajo en materia internacional, que es lo que ha venido ocurriendo durante el último tiempo.
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