Pujol, caza mayor
Era difícil, muy difícil, encontrar una excusa mínimamente sostenible para justificar que un hombre de 95 años, con una salud precaria, cuyos informes son avalados por los equipos forenses de la propia Audiencia Nacional, fuera obligado a viajar hasta Madrid a declarar, cuando podía hacerlo sin riesgos a través de Zoom.
Los informes forenses eran contundentes: Jordi Pujol "no está en condiciones físicas ni cognitivas" de ser juzgado ni de poder ejercer su defensa, después de valorar que padece un deterioro cognitivo moderado y pérdida de memoria, además de una seria precariedad física. Adicionalmente, hay documentos acreditados presentados en el juzgado que confirman que el president tiene “marcadores de Alzheimer” y problemas graves de movilidad. Finalmente, Jaume Padrós, su médico personal y expresidente del Col·legi de Metges de Catalunya, asegura que Pujol "no está en condiciones de defenderse", ni de mantener un hilo argumental o dialéctico coherente a causa de su deterioro cognitivo". Lo que le lleva a considerar que obligarlo a viajar a Madrid es un acto “muy cruel” y “un atentado contra los derechos humanos”.
En consecuencia, con los informes tan contundentes de sus propios forenses, era necesario ser muy hábil en el dominio de la manipulación del derecho, para poder justificar que Jordi Pujol tuviera que viajar, por fuerza, hasta Madrid. Además, había un antecedente clamoroso, de aquellos que sientan cátedra: el juez que preside el tribunal, el señor José Ricardo de Prada, fue quien exoneró de declarar al extesorero del PP Álvaro Lapuerta, de 85 años, alegando “deterioro cognitivo”, justamente lo que ahora niega a Jordi Pujol, diez años mayor que él. Y como, con todo ello, era imposible encontrar un argumento que obligara al traslado del president, la decisión del juez de Prada se ha resuelto con un exabrupto surrealista. Ha dicho que obliga al president para no discriminarlo por “edadismo”, ergo, que no quiere discriminar a Pujol del enorme privilegio de poner en peligro su salud precaria yendo a Madrid a sostener un juicio que no podrá entender y que podría hacer sin salir de casa, contraviniendo todos los informes médicos... ¡Madre de Dios santísima! Era difícil imaginar un solo argumento sostenible, pero aún parecía más inimaginable encontrar uno tan esperpéntico.
Es un clásico del nacionalismo español: primero ganan, después se vengan y finalmente humillan
Es un clásico del nacionalismo español: primero ganan, después se vengan y finalmente humillan
Sin embargo, todo es posible cuando se trata de la cuestión catalana, especialmente si pueden machacar sus símbolos. Ni siquiera les hace falta disimular, camuflar, encontrar una vía maquillada para hacer ver que nos respetan. Tienen el poder, tienen el dominio, tienen el silencio de la prensa, tienen la “prioridad española” que todo lo justifica y ya no hace falta ni siquiera un poco de decoro. Además, se trata del Molt Honorable President Jordi Pujol, que para el nacionalismo español es el símbolo de la resiliencia y la permanencia de la identidad catalana, más allá de los múltiples intentos por destruirla. Poder obligar al president Pujol a la humillación, a hacerle el paseíllo de los culpables, por orden de un juez español, en un juzgado español, en el momento de su máxima debilidad, es un acto de victoria, o más aún, un recordatorio inapelable de nuestra derrota. Fue a Pujol a quien se puso primero en el radar la operación Catalunya en su guerra sucia para desprestigiar el proceso catalán, y a él le dedicaron informes falsos, presiones delirantes, acciones internacionales (como las mentiras que enviaron al tesoro americano, que motivó la intervención de la Banca Privada de Andorra), e incluso la estrategia de pasear un espantajo llamado Victoria Álvarez, que según los audios de Villarejo habría cobrado de los fondos de reptiles. Todo valía para destruir un símbolo de la lucha nacional catalana. Y todo vale ahora para humillarlo al final de su vida.
Se trata de Pujol, pero no nos equivoquemos, siempre se ha tratado de Catalunya. Es un clásico del nacionalismo español: primero ganan, después se vengan y finalmente humillan.
