España, Argentina y la lógica de los supervivientes
El profesor nos pidió que hiciéramos un texto periodístico improvisado sobre un tema de actualidad, sin apoyo de archivo, otros artículos ni documentación, por lo que debía ser algo de lo que supieras lo mínimo como para tirar unos cuantos párrafos sólidos. Decidí hacerlo sobre los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura argentina. No era difícil saber del tema ni tampoco había dudas sobre el enfoque: desde que una ley había puesto punto final a un proceso judicial ejemplar, certificando el fracaso democrático que completaban la ley de obediencia debida y, más tarde, los indultos que dejaron en la calle a los asesinos condenados en el Juicio a las Juntas Militares, la impunidad caminaba por las calles. Las mismas calles que yo recorría para llegar al aula, las mismas en las que personas quienes habían sido desaparecidos y torturados podían cruzarse con sus captores, con sus verdugos.
Mi texto no fue entregado con el resto de las correcciones. El profesor, periodista en un diario centenario, me llamó al despacho, y con una sonrisa condescendiente me preguntó por qué había elegido ese tema. Si tenía alguna “razón personal” para escribir sobre ello. Había una tensión en el aire que en ese momento me descolocó y hoy todavía me estremece. No me estaba reprendiendo, pero me estaba juzgando, me colocaba en el bando de los que tenían interés –me explicó– en revivir un capítulo de la historia que se había cerrado en pos de la concordia.
