Entre el nudo y el abismo
La política colombiana ha entrado en una fase de entropía, donde la cantidad desplaza a la calidad. A medida que se calienta el motor electoral, el panorama se satura de nombres y logotipos que, más que ofrecer opciones reales, generan un ruido ensordecedor. Esta proliferación de candidaturas -muchas de ellas testimoniales o nacidas de personalismos sin base sólida- no es una muestra de vitalidad democrática; es el síntoma de una crisis de propósito. El exceso de candidatos que “saben que no van a quedar” solo logra que la esperanza nacional se fragmente y los hilos del país queden, una vez más, suspendidos en el aire.
El peligro de esta atomización es evidente. Cuando el voto se dispersa entre una decena de aspirantes sin viabilidad, el resultado es el debilitamiento del mandato popular. Esa fragmentación solo beneficia a las maquinarias oxidadas o a los extremos que, con un núcleo duro y pequeño, logran colarse en una segunda vuelta sin representar el sentir de las mayorías. Colombia se queda así, navegando en la incertidumbre, sin una costura nacional que nos devuelva la confianza.
Hoy, el ciudadano se siente atrapado en una falsa dicotomía que ya no satisface a nadie. Por un lado, una izquierda que en el ejercicio del poder ha demostrado baches de ejecución y una retórica que no se traduce en bienestar tangible. Por otro lado, una ‘derecha calcetín’, vieja y remendada, que pretende volver al pasado sin haber hecho la autocrítica necesaria. El país clama por una oportunidad genuina de encontrar un gobierno que no sea simplemente ‘lo opuesto al anterior’, sino una propuesta con identidad y carácter propio.
El Ficci, ‘La gorra’ y jovenes de barrios
Lo que necesitamos no es un redentor, sino un articulador. El destino de cada ciudadano no se defiende desde la ideología de barricada ni desde el privilegio de escritorio, sino desde una gestión que priorice el interés común sobre el ego individual. La verdadera oportunidad de Colombia reside en un liderazgo capaz de hilar esos cabos sueltos, defendiendo la seguridad, el empleo y la justicia con manos técnicas y corazón social.
Es hora de que quienes aspiran por vanidad den un paso al lado. Si no logramos consolidar una visión clara que recoja los hilos dispersos, seguiremos condenados a elegir entre el miedo y el resentimiento. Colombia merece, por fin, un capitán que sepa hacia dónde va el barco y no solo cómo hundir al rival. Es momento de dejar de ser un manojo de hilos sueltos para convertirnos en un tejido social sólido y con rumbo.
Necesitamos recuperar a Colombia, sacudirla de estos pulpos que poco a poco nos han llevado al desastre en que hoy nos encontramos. Cada vez me preocupa más esta falsa democracia donde al son que me toquen bailo. Tu voto cuenta y hace la diferencia, sal a ejercer tu derecho y obligación.
