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Bestiaplanete

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05.03.2026

¿Qué puede uno decirles a los hijos sobre este mundo tan violento y tan idiota? ¿Qué puede uno responderles cuando preguntan qué clase de presidente gringo ordena un bombardeo que acaba con 180 vidas irrepetibles e irrecuperables en una escuela de niñas en Irán? ¿Qué se les explica ante titulares como “Líderes del ejército norteamericano aseguran que Dios ungió a Trump para causar el Apocalipsis” o “Tropas de Israel destruyen las clínicas de fertilidad en Gaza” o “La guerra de Putin entra a su quinto año” o “Hay 56 conflictos armados en el mundo” o “Exjefes de las Farc admiten responsabilidad por el reclutamiento de 18.677 menores de edad” o “Hay 208 municipios en riesgo para las elecciones”? ¿Qué hay que aclararles?: ¿que, como gritó aquella reina de belleza en 2006, “la gente está loca”?

(Le puede interesar: Honras).

El entrañable papá de Mafalda, que prefiere cuidar sus plantas a lidiar mezquindades, tampoco sabe por dónde comenzar a contestarle a su niña por qué el mundo no solo es un horizonte, sino también una mierda: es ella, que en sueños es visitada por unos extraterrestres aterrados con este “bestiaplanete”, quien nos hace ver que el ser humano es el único animal fanático, el único animal delirante que se permite ser su propio depredador. Hay otra serie de viñetas, que cuentan una pesadilla risible de las suyas, en la que Mafalda cruza a pie un mapamundi plagado de las onomatopeyas de la guerra hasta llegar a una zona de batalla: “¿Quieren acabar ya este jaleo y dejar dormir en paz a la humanidad?”, les grita a un par de soldados a punto de matarse. No debería ser así de relevante. Es una tira cómica de hace más de medio siglo.

¿Va a ser así siempre? ¿Va a ser el mundo este mundo que no aprende de la destrucción de Varsovia, Beit Hanun, Mariúpol, Nagasaki e Hiroshima con esos millones de almas adentro? ¿Va a seguir eligiendo el liderazgo de esos megalómanos voraces e incendiarios, con sus sombras monstruosas, capaces de decirse que “para hacer una tortilla hay que romper algunos huevos” mientras aplastan puntos del globo terráqueo como jugando su juego de mesa sangriento? ¿Vendrá después de esta Tercera Guerra el futuro verde y despejado que sugiere la era de Acuario de los astrólogos y promete el final de la espeluznante película de Las profecías de Nostradamus que veíamos los niños de hace cuarenta años? ¿Llegaremos algún día, después de la historia de las desigualdades y los desequilibrios, al tal reino de Dios?

¿Qué clase de criatura es esta que se encoge de hombros ante su bestialidad y se pasa los siglos dejando por el camino huérfanos de padres y huérfanos de hijos?

Hace unos meses le pregunté a una amiga progresista de la casa, que como todas las casas se la pasa sacudiéndose reveses e inventándose paces, por qué diablos tantos activistas brillantes de este país han callado ante la estafadora corrupción del Gobierno o ante el saboteo con sevicia del sistema de salud, que algún día equivaldrá a un bombardeo: “Porque es muy difícil bajarse de una causa después de años de perderse, en su nombre, los cumpleaños de los hijos”, me aclaró. Desde ese momento he vuelto a la idea de que –sobre todo en un país en el que el 80 por ciento de los niños son criados solo por madres coraje– la revolución es ser un buen papá. Un buen papá regala ficciones, enseña a sujetar la violencia, desmonta fanatismos, explica los titulares de prensa sin ambages, se niega a bombardear, se resiste a la guerra. Y, sobre todo, está.

¿Qué clase de criatura es esta que se encoge de hombros ante su bestialidad y se pasa los siglos dejando por el camino huérfanos de padres y huérfanos de hijos? La que se ve en el espejo. Que, a pesar de los museos de los exterminios, sigue siendo capaz de reducir a su prójimo a daño colateral. Pero también puede leerles Mafalda a los hijos en las noches para defenderles y entregarles el derecho de dormir en paz.

www.ricardosilvaromero.com

(Lea todas las columnas de Ricardo Silva Romero en EL TIEMPO, aquí)


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