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Álvaro Cepeda Samudio: cien años

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27.02.2026

Le debo mi vocación de columnista a Álvaro Cepeda Samudio, el escritor, cineasta y periodista barranquillero cuyo centenario de nacimiento se cumple este 30 de marzo.

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Parece una anécdota banal. Alguna tarde en domingo, Álvaro se encontraba en casa conversando con mis padres cuando les interrumpí. Acababa de ver en Diario del Caribe, bajo su dirección, que el periódico había patrocinado un campeonato de fútbol. Inspirado por aquella noticia, le pregunté: “¿Álvaro, tú crees que el Caribe pueda también apoyar un torneo de tenis?”.

Su respuesta me sorprendió. “Sí, claro, pero con una condición: que escribas una columna sobre el evento”. Y así fue. Pocas semanas después, se publicaba mi primera columna en las páginas deportivas de Diario del Caribe. Tenía entonces trece años de edad.

Que Álvaro animara a un adolescente a escribir no debe quizás sorprender. Él mismo, como recordara recientemente Daniel Samper Pizano, se había “estrenado muy temprano como columnista”, en periódicos estudiantiles que ayudó a fundar en el Colegio Americano de Barranquilla. (Una colección de sus artículos juveniles fue recopilada por Jacques Gilard, En el margen de la ruta, 1985; para otros de sus primeros escritos: Tita Cepeda y Julio Olaciregui, eds., Los años de aprendizaje de Álvaro Cepeda Samudio, 2022).

Fueron expresiones precoces de esa personalidad arrolladora, en la que el talento artístico se mezclaba con cierto espíritu empresarial. En un fantástico perfil, su amigo Alfonso Fuenmayor destacó en Álvaro esa “capacidad suya para inventar cosas, concebir proyectos”, antes de enumerar una serie inacabada de adjetivos para definirlo: “Generoso, vital, impaciente, anhelante, emprendedor...”.

La ‘vitalidad arrasadora’ de su persona ‘hace olvidar el rigor implacable del escritor’, mientras invitan a volcar nuestra atención a su obra literaria, a su periodismo y a sus contribuciones a la cultura colombiana.

Y sus proyectos se multiplicaban en las más variadas expresiones de las artes. Colaboró con el Centro Artístico de Barranquilla, desde donde promocionó actividades musicales y exhibiciones de pintura (desde temprano reseñadas en su columna Brújula de la cultura). En sus “notas para una biografía”, Jacques Gilard y Fabio Rodríguez Amaya registran, por supuesto, sus tareas pioneras en el cine nacional (La langosta azul, 1954, entre otras producciones); pero también señalan sus incursiones en la publicidad.

“Quiso abarcar mucho”, parecía lamentar Fuenmayor, para quien el terreno en el que más descolló fue la literatura –en Todos estábamos a la espera (1954), La casa grande (1962), Los cuentos de Juana (1972)–.

Su pasión fue, sin embargo, el periodismo –el vehículo, además, de sus experimentos literarios–. Y fue en el mundo del periodismo donde conoció a Gabriel García Márquez, con quien compartiera sueños artísticos y forjara una amistad legendaria. En cualquiera de sus formas, la obra de Cepeda Samudio debe enmarcarse en ese movimiento cultural extraordinario que floreció en la Barranquilla de su época, y en el cual fue uno de sus espíritus centrales.

Como periodista, desde bien temprano, fue un abierto defensor de la libertad como el principio del oficio. No fue un “pasajero sarampión juvenil”, observó Gilard: fue una defensa “insistente” y “rabiosa”, que se expandía a todos los campos de la creatividad, la información y los saberes.

Su muerte temprana en 1972, a los 46 años de edad, les añade dimensiones descomunales a su obra y legado. Gilard y Rodríguez Amaya advierten que la “vitalidad arrasadora” de su persona “hace olvidar el rigor implacable del escritor”, mientras invitan a volcar nuestra atención a su obra literaria, a su periodismo y a sus contribuciones a la cultura colombiana.

Hacen falta biografías modernas de Álvaro Cepeda Samudio. Una tarea que podría motivar la celebración de su centenario.

(Lea todas las columnas de Eduardo Posada Carbó en EL TIEMPO, aquí)


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