Chernóbil
Como todos los días, los habitantes de Bielorrusia se levantaron temprano el 26 de abril de 1986. Salieron a trabajar, llevaron los niños al colegio, y fueron al parque a hacer ejercicio. No se imaginaban que, en cuestión de horas, la vida como la conocían hasta ahora cambiaría para siempre. A la 1:23 de la madrugada, uno de los reactores de la Central Eléctrica Atómica de Chernóbil explotó, causando el peor accidente nuclear de la historia.
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Svetlana Alexievich, en su libro Voces de Chernóbil, reconstruyó el desastre a través de testimonios de primera mano: bomberos que llegaron pensando que era solo cuestión de apagar las llamas; mujeres que vieron morir a sus esposos; madres que cuidaron a sus hijos durante penosas enfermedades; familias enteras evacuadas con la falsa promesa de volver pronto.
No se necesita apretar un botón para que ocurra una nueva catástrofe. Mientras tanto, nueve países siguen expandiendo sus arsenales.
En los días y semanas posteriores a la explosión, muchos siguieron con sus rutinas sin saber que estaban expuestos. No había ninguna señal que permitiera dimensionar el peligro, y las autoridades decidieron guardar silencio y no alertar a los ciudadanos. Controlaron la información para proteger la imagen del Estado. Mientras tanto, la radiación se iba quedando en la ropa, en la tierra, en los alimentos. Los mercados seguían vendiendo fruta; las panaderías y carnicerías, pan y carne. Los niños jugaban en los patios del colegio. Durante un tiempo todo pareció normal. Hasta que dejó de serlo.
Cuarenta años después, Prípiat sigue siendo una ciudad fantasma que tardará siglos en recuperarse. El desastre de Chernóbil no fue causado por una guerra sino por una falla humana. Y a pesar de eso bastó para demostrar hasta qué punto la radiación puede devastar la vida. Las tasas de cáncer de tiroides y leucemia se dispararon. Las enfermedades cardiovasculares, la depresión y el desarraigo marcaron a toda una generación.
La bomba sobre Hiroshima y Nagasaki dejó constancia de lo que un arma nuclear puede hacerle a una ciudad habitada. La humanidad lleva entonces, no una, sino tres advertencias grabadas en la historia. Hoy, la planta nuclear de Zaporiyia opera en medio del conflicto en Ucrania. No se necesita apretar un botón para que ocurra una nueva catástrofe. Mientras tanto, nueve países siguen expandiendo sus arsenales, desafiando toda regulación internacional. Llevamos más de 80 años viendo las advertencias. Y, aun así, seguimos actuando como si no existieran.
IG: @Dianapardogp
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