La chica de los cuidados
Opinión La chica de los cuidados
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Carmen pasea todos los días. De 17:00 a 17:30, haga frío o haga calor, tiene que salir de casa un rato acompañada de Marcela. Con ambas manos en su andador y, mientras Marcela sujeta su cintura, le cuenta historias de cuando llegó a Madrid. Lo hace en formato vodevil. Carmen canta cuplés con un hilo de voz y cambia la letra para contar su historia.
Así es como la chica del 17 de la plazuela del Tribulete se convierte en la chica del 23 de la calle Ferrocarril, a donde Carmen llegó con 16 años para servir. Explica que, cuando podía quitarse la cofia, lo que sucedía dos horas al día, se emperifollaba todo lo que podía. Mientras se quitaba el mandil se calzaba unos zapatos de charol, que aún guarda en el armario, y un vestido de gasa que, combinado con diferentes pañuelos, cada día ofrecía una cara diferente. Salía también a pasear, pero por aquellas, para que la vieran. Le gustaba dar que hablar. Todas las vecinas murmuraban a su pasar. No entendían que una chica del servicio aparentara tener tantos posibles. “La........
