No hay relación sexual: ¿con qué hacemos relación?
Opinión No hay relación sexual: ¿con qué hacemos relación?
La II Jornada Compostelana de Psicoanálisis Lacaniano giró en torno a un leitmotiv: “No hay relación sexual: ¿con qué hacemos relación?”. El inicio de esta yuxtaposición remite a una conocida afirmación de Jacques Lacan: “No hay relación sexual”. Esta fórmula críptica conserva, cincuenta años después, una opacidad reveladora capaz de despertar la curiosidad: ¿cómo que no hay relación sexual? ¿Acaso no “hacemos el amor” con otras personas? Tras los dos puntos se abre un interrogante igualmente desconcertante: “¿Con qué hacemos relación?”. Si no hay relación sexual, ¿qué sentido tiene esta pregunta?
A estas cuestiones trataron de responder los psicoanalistas pertenecientes a la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis que participaron en la jornada. Entre ellos estuvieron Marta Maside, presidenta de la Comunidad en Galicia; Rosa Vázquez, Leonardo Vilariño, Carolina Iglesias, Lorena Fernández y Cristina Garrido, así como la orientadora educativa M.ª Victoria Fernández y el profesor de Filosofía de la USC Francisco Conde.
Más allá de la diversidad de las ponencias, todos compartieron una misma orientación: partir de los fenómenos concretos del malestar contemporáneo antes que ofrecer un diagnóstico global de la sociedad o un programa de intervención política y cultural. A lo largo de la jornada fue tomando forma una “ética del deseo” que nos invita a hacernos cargo de nuestra posición subjetiva, evitando dos precipicios: la resignación ante lo existente y la ilusión de una realidad plenamente reconciliada consigo misma. ¿A qué nos invita, entonces, el psicoanálisis? ¿Qué puede decirnos sobre el malestar de nuestra época?
Ni moralistas ni catequistas
El psicoanálisis se aleja de los discursos prístinos y clarividentes. Otorga, por el contrario, un estatuto positivo al malentendido, al que no considera un accidente de la comunicación, sino un “efecto estructural del lenguaje”. Por ello presta especial atención a los lapsus, a los actos fallidos —formaciones del inconsciente— y a la libre asociación del analizante. También se distancia del discurso terapéutico predominante, presente en buena parte de las definiciones contemporáneas de salud mental, incluida la de la OMS, que tiende a concebir el malestar como un problema individual susceptible de ser resuelto.
El psicoanálisis pone entre paréntesis esta exigencia de adaptación y cuestiona el imperativo de “funcionar mejor” que subyace a la mayoría de los discursos de psicología divulgativa de Instagram. No está muy por la labor de reproducir la fascinación de época por la evaluación, la medición o el control. No pretende postularse ni como una ciencia explicativa de lo real ni como una moral o política. Pero eso no lo sitúa del lado de la complicidad con la dominación: su intervención está comprometida con una clínica y se sostiene a través de un trabajo constante de interpretación —el lema ‘Abajo el trabajo’ no debe suscitar mucho entusiasmo entre estos psicoanalistas.
Se sitúan entre las fisuras de los principales discursos sociales. Por un lado, traen malas noticias para las ficciones políticas resolutivas y las pretensiones individuales de felicidad, advirtiéndonos de nuestras profundas tendencias a la repetición —de un cierto “masoquismo estructural”—. Por otro lado, alientan la promesa de una vida más atenta a nuestro deseo, en la que pueda desplegarse la singularidad de cada uno, pero sin acogerse al camino fácil del “para todos igual”. No niegan la liberación —que no la simple desinhibición—, pero sí el recetario. No urge nombrar ni diagnosticar, como tampoco buscar el fundamento genético que explique, de una vez por todas, los denominados trastornos mentales. Fran Conde se refirió a esta pulsión de profundo ombliguismo universitario como “fascismo o autoritarismo genético”.
El metabolismo del capital tiende a producir individuos seriados, anónimos, precarios y permanentemente disponibles para su reproducción
En un tiempo de crisis de lo simbólico, apuestan por darse todo el tiempo que requiera la pregunta: la relación de cada uno con su vida, con lo que le ha acontecido, con cómo se inscribe eso en su cuerpo, está siempre por decir y difícilmente puede ser “superada”. Se trataría, más bien, de una marca que está por elaborarse retrospectivamente, mediante la narración. El logos exige una atención a los errores, esas “formas visibles de la falta” que son condición sine qua non de una “vida mortal”, como recordaba Lorena Fernández. Esa es la promesa del discurso analítico en una época marcada por cibermillonarios embarcados en una carrera por la conquista del espacio y la superación de la muerte. Son, sin duda, un perfecto ejemplo de “sujetos que rechazan la castración”.
Comentan las psicoanalistas que quien llega al diván, cuando toma la palabra, siempre acaba hablando de su novela familiar, de la muerte y del sexo. No es fácil aceptar que somos seres sexuados y mortales:........
