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“Nadie puede desaparecer del todo”: una reflexión a propósito del estreno de ‘La bola negra’

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Opinión “Nadie puede desaparecer del todo”: una reflexión a propósito del estreno de ‘La bola negra’

Profesor Contratado Doctor de la Universidad Internacional de La Rioja. Investigador de la Asociación “Todos los niños robados son también mis niños”

Hay películas que cuentan una historia y películas que reabren una herida. La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, pertenece a las segundas. Premiada por su dirección en Cannes y elegida para representar a España en los Óscar, construye una necesaria genealogía queer de nuestro país. Importan sus premios, pero más las preguntas que deja: ¿Cuántas vidas pueden ser expulsadas del relato común y qué cuerpos, voces e imágenes le faltan todavía a España para ser una democracia plena?

La película, envuelta en significativos momentos musicales y en una portentosa banda sonora de Raül Refree, se inspira en La bola negra, novela inacabada de temática homosexual de Federico García Lorca, y en La piedra oscura, de Alberto Conejero. El resultado no adapta una única obra: entrelaza materiales, épocas y lenguajes para imaginar lo que la violencia y el silencio dejaron inconcluso.

La historia se despliega en tres tiempos. En 1932, Carlos (Milo Quifes), único personaje abiertamente homosexual del borrador de la novela, es rechazado como socio de un casino. En 1937, Sebastián (Guitarricadelafuente), trompetista incorporado al bando golpista, oculta su sexualidad para sobrevivir y se rinde ante Rafael (Miguel Bernardeau), combatiente republicano. En 2017, Alberto (Carlos González) descubre los silencios que rodean las historias queer de la Guerra Civil y su vínculo con Lorca. El elenco sigue con Penélope Cruz interpretando a una cupletista, Lola Dueñas dando vida a la compleja madre de Alberto, y una historiadora encarnada por Glenn Close, reivindicando la homosexualidad de Federico y explicando el proyecto literario inconcluso del que nace el filme.

En el casino que retrata Federico, el procedimiento de admisión exigía que los socios votaran mediante bolas blancas o negras. Bastaba una bola negra para excluir al aspirante, en este caso por homosexual. Aquella bola es ese dolor transgeneracional que las personas LGTBIAQ llevamos atragantado en el pecho. La victimización y el trauma se heredan, pero también se hereda la lucha, a veces en forma de películas como esta. Somos depositarios de las reivindicaciones que nos han permitido llegar hasta aquí y custodios de su continuidad ante el retroceso de derechos. Reivindicar prácticas, expresiones, identidades, orientaciones y afectos no normativos es un acto de resistencia: es vomitar esa bola negra y usarla de tope en la puerta del armario para que no vuelva a cerrarse.

El arte nos ayuda a hacer más pequeña esa bola negra. De esto........

© El Salto