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Cuando el odio llega al cementerio y fractura la memoria democrática

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17.04.2026

Opinión Cuando el odio llega al cementerio y fractura la memoria democrática

Los primeros días de septiembre de 1936 Extremadura lloró sangre en frío. Tras la primera oleada de crímenes fascistas a manos de legionarios, africanistas y vecinos de derechas con ansia de venganza y de rapiña, en un agosto ardiente que había visto subir desde el sur a la Columna de la Muerte al mando de criminales que nunca fueron ni serán juzgados, llegó la represión en frío, ideada y testimoniada en listas hechas en los cuarteles de la Guardia Civil o de Falange, los asesinatos en los grandes cementerios bajo la Luna.

Cabeza la Vaca, al sur de Badajoz, había sido ocupada el 25 de agosto por  el capitán de la Guardia Civil Ernesto Navarrete Alcal, tan activo como temible, en palabras de Francisco Espinosa. En este pueblo, tras el golpe de Estado del 17-18 de julio, ni tan siquiera se había detenido a ningún derechista. No hubo quema de iglesias, ni profanación de los santos, ni saqueos en la casa de los ricos. No hubo nada que pudiera justificar lo que vendría después.

Lo que sí hubo fue una masacre. En su cementerio se fusiló al anochecer o de amanecida a vecinos y vecinas no solo del mismo pueblo, sino también de los pueblos cercanos. Algunos de los asesinados, gente honrada, fueron  José Máximo Megías Santos, casado y concejal socialista en dos ocasiones, Eugenio Nevado Zapata, soltero y de 20 años de edad, Gumersindo Nicasio Baños Agudo, casado y de 58 años, Manuel Carrasco “Pitarra”, casado, y Manuel González Megías, casado y de 54 años de edad.

Los seis eran del cercano pueblo de Calera de León; los seis habían sido apresados primero y liberados después, gracias a que algunos vecinos se lo pidieron al entonces presidente de la Comisión Gestora, jefe a su vez de Falange; los seis fueron sacados de nuevo por la noche de sus casas, cuando Navarrete se enteró de que  andaban libres, a principios de septiembre, maniatados, montados en un camión y llevados al cementerio de Cabeza la Vaca, donde les pegaron cuatro tiros. En frío.

Nunca desaparecieron. Sus voces llamaban a gritos a la memoria. Hasta que los encontramos, gracias a gente como Fernando Fernández Balsera, de quien merece la pena contar brevemente aquí su........

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