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Crisis mundial. Futuro incierto

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08.03.2026

El mundo atraviesa una convergencia de crisis sin precedentes. El cambio climático, la inestabilidad geopolítica, la fractura de las instituciones multilaterales y las brechas socioeconómicas se articulan en un sistema de tensiones que amenaza con reconfigurar el orden global tal como se conoce desde la segunda mitad del siglo XX. En este contexto, el filósofo esloveno Slavoj Žižek (2009) señaló con particular agudeza que "estamos atrapados en una ideología que nos impide siquiera imaginar alternativas reales al capitalismo global, aunque seamos plenamente conscientes de sus catástrofes". Esta parálisis imaginativa constituye, acaso, la dimensión más grave de la crisis contemporánea.

No obstante, sería un error reducir la complejidad del momento actual a una sola variable explicativa. La politóloga estadounidense Anne-Marie Slaughter(2017) advirtió que "el orden internacional liberal está bajo un ataque sostenido desde adentro y desde afuera; las democracias más antiguas del mundo muestran fisuras que sus fundadores no habrían podido prever". Desde esta perspectiva, la crisis no es únicamente económica ni ambiental: es, ante todo, una crisis de legitimidad política que erosiona los cimientos sobre los cuales descansa la gobernanza global.

Sin duda, el cambio climático amplifica cada una de las demás tensiones. El informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, 2021) estableció que "los riesgos para la sociedad se multiplicarán de forma no lineal si el calentamiento global supera 1.5 °C respecto a los niveles preindustriales, generando puntos de inflexión irreversibles en los sistemas naturales y humanos". Ante tales proyecciones, la ventana de acción efectiva se estrecha con una velocidad que contrasta dolorosamente con la lentitud de las respuestas institucionales.

Por su parte, la dimensión económica de la crisis reviste una profundidad estructural que supera las fluctuaciones cíclicas habituales. El economista francés Thomas Piketty (2014) demostró que "cuando la tasa de rendimiento del capital supera de forma duradera la tasa de crecimiento de la producción y del ingreso, el capitalismo produce automáticamente desigualdades arbitrarias e insostenibles que cuestionan de manera radical los valores meritocráticos en los que se fundan nuestras sociedades democráticas". Esta dinámica, lejos de atenuarse, se ha intensificado con la pandemia de COVID-19 y las subsiguientes crisis de liquidez y deuda soberana en países periféricos.

A su vez, la fractura del orden multilateral agrava la incapacidad colectiva para responder a los desafíos compartidos. El historiador Yuval Noah Harari (2018) planteó que "los problemas globales del siglo XXI —el cambio climático, las armas de destrucción masiva, la disrupción tecnológica— exigen soluciones globales, pero el nacionalismo nos empuja en la dirección exactamente opuesta". Esta tensión entre la escala de los problemas y la escala de las soluciones políticamente viables define, en gran medida, el horizonte de incertidumbre que caracteriza al presente.

Frente a este panorama, cabe preguntarse si la humanidad posee la capacidad institucional y moral para articular respuestas a la altura de los desafíos. La filósofa alemana Hannah Arendt (1969) anticipó, con notable perspicacia, que "en la política, la obediencia y el apoyo son lo mismo", lo que significa que los sistemas de poder solo pueden transformarse cuando los ciudadanos retiran su consentimiento activo a las estructuras que los oprimen. En el plano contemporáneo, esto implica que la renovación política no surgirá de las élites institucionales, sino de una ciudadanía que asuma su responsabilidad histórica.

En síntesis, el futuro no es ni inexorablemente catastrófico ni ingenuamente promisorio. Es, sobre todo, contingente: depende de las decisiones colectivas que se adopten —o se eviten— en los próximos años. Las crisis convergentes del presente no son el fin de la historia, sino una bifurcación crítica. La pregunta no es si el mundo cambiará, pues ya está cambiando. El cuestionamiento, es si ese cambio será conducido con justicia, previsión y solidaridad, o si será simplemente sufrido.


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